8-17-Deborah-Hadges

8’ 17’’

Viajar a la velocidad de la luz o a la velocidad de un río, iluminar y navegar los meandros del recuerdo y de la infancia, así los poemas de 8’ 17’’ proponen un recorrido moroso y amoroso por la palabra que nos convoca, que nos llama. El ritmo y la cadencia sutilmente elaborados hacen que el poema cante, ya en un casi susurro, ya llegando a la explosión. La voz poética nada y fluye en el agua, mientras el sol ilumina los destellos del amor y la pérdida, dejándonos solos, acompañados.

Autor: Deborah Hadges

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Descripción del producto

Deborah Hadges (1991). Licenciada y Profesora en Letras (UBA). Empezó a escribir en los talleres de Siempre de viaje en el 2012. En el 2014 presentó su primer libro de poemas, artesanal, titulado La Desplazada y en 2016 fue seleccionada para la antología Apología 3 (Letras del Sur). Actualmente, es tutora de un taller de escritura para docentes del Ministerio de Educación y realiza correcciones de estilo y edición de textos por encargo. Cursa la Maestría en Escritura Creativa (UNTREF) y trabaja en Ciencia y Técnica de la UBA.

Reseña

8 minutos 17, o el tiempo que tarda la poesía en tocar la tierra – Por Claudia Masin

8 minutos 17, de Déborah Hadges, es un libro que fluye junto con las cosas, que no intenta detenerlas ni fijarlas. Quizás porque hay en él una conciencia de la impermanencia y de la fugacidad que lo impregna todo. Porque, frente a esa fugacidad, ¿qué puede hacer un poeta?. Quizás apenas, como diría el poeta peruano José Watanabe, transformarse en el “guardián del hielo”: ser quien contempla el modo en que todo lo que existe se derrite bajo el sol, quien se convierte en la memoria de lo que hubo, en la huella minúscula que queda de un pasaje, una respiración, una intensidad determinadas. Un poema, entonces, sería la pequeña muesca que deja una vida en la superficie sensible del mundo, un instante suspendido en el exacto centro del movimiento torrencial, incontenible que nos lleva. En medio/de la corriente/algún punto /donde posar /la vista/por favor/un rato, pide Déborah Hadges en un poema. Y encuentra ese punto donde posar la vista en ciertos momentos ligados a la corporalidad de las primeras experiencias, al tiempo detenido de la infancia, al gozo y la desazón de los cuerpos que se encuentran, se pierden, se vuelven a encontrar y a perder como en una danza que no tiene fin ni principio. En uno de los poemas más bellos del libro, reconstruye uno de esos momentos de intenso encuentro y radical distancia con un ser amado: busco a mi hermano/él espera agazapado pero nunca/tan lejos como para que no pueda mojarlo/ cuando sale/ de frente/ mira fijo la boca de la manguera/ esperando/ atento/ el chorro helado/ bañando la cara/ el cuerpo de mi hermano tostado por el sol/ no sé lo que sentía exactamente/ el frío del abrazo/ el agua de la boca/ no sé lo que sentía/ nunca me lo hizo a mí.
En ese fragmento de la infancia que el poema restituye, se es uno con el otro en la alegría compartida, y sin embargo, ya entonces cae sobre la experiencia de felicidad la sombra de la distancia irreductible: “no sé lo que sentía”. A través de la poesía, que implica un ejercicio de la empatía, de la identificación, de la fusión con el otro, con lo otro, es posible acercarse –quizás como en ninguna otra experiencia humana- al sufrimiento, el goce, el profundísimo misterio de la existencia ajena. Pero ni siquiera la poesía horada esa distancia. El poema acerca, restituye, crea puntos de contacto y de encuentro, pero no logra impedir el desencuentro ni el equívoco, ni siquiera entre aquellos que el amor acerca: estás corriendo/si me quedo quieta veo
/ dos posibles maneras de encuadrarte/ estás cada vez más lejos o sos/ el cambio constante del agua/ que es otra pero parece idéntica, escribe la poeta, y las palabras se vuelven agua que corre acompañando lo que se pierde, se vuelven hielo que le otorga consistencia –siempre fugaz, siempre precaria- a lo que está yéndose.
8 minutos 17 es el tiempo que tarda el sol en tocar la tierra. Algo que está sucediendo en otro tiempo nos afecta como si estuviera sucediendo ahora: el rayo de luz y de calor que nos toca ya no existe en el tiempo en que ha salido de su fuente, existe ahora, en este tiempo extraño que no es entonces ni mañana, como la poesía, que revive –en todo su esplendor, en toda su potencia- lo que ya no existe, lo que ha sido tragado por el movimiento de la vida y sin embargo es capaz de sobrevivir en las palabras que lo nombran. Este libro recupera las imágenes que van deshilachándose de una historia que es como un tejido que desaparece a medida que va haciéndose: nuestra propia existencia en el mundo, los afectos que nos atraviesan y nos conmueven como el rayo de sol que de un solo fogonazo es capaz de expulsar del cuerpo un frío que lleva años construyéndose. Un libro de poemas como 8 minutos 17 crea un círculo de calor y de confianza donde es posible entrar y quedarse, a salvo de la fugacidad del verano, a salvo del frío y de la pérdida, como si la poesía fuera el sol y nosotros orbitáramos a su alrededor, deslumbrados, como planetas o libélulas.

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