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Jotón

Novela que desenrolla la trama compleja del exilio, durante los comienzos del nuevo siglo, en el que la Argentina se rompía en pedazos, y la protagonista elige un alejado pueblo de Estados Unidos para intentar reconstruir lazos significativos con el mundo. Entre la búsqueda y la pérdida, y con una mirada con apuntes de fina ironía, la novela nos invita a repensar nuestro pasado más reciente.

Autor: Natalia Crespo

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Descripción del producto

Natalia Crespo nació y reside actualmente en Buenos Aires. Es licenciada en Letras de la UBA e investigadora en el CONICET. Vivió ocho años en Estados Unidos, en donde cursó una maestría y un doctorado en letras hispanas. Escribe cuentos y novelas. Ha recibido premios literarios y varios de sus textos han aparecido en antologías y revistas literarias nacionales y extranjeras. Es autora del libro de ensayos Parodias al canon (Corregidor, 2012) premiado por el Fondo Nacional de las Artes en 2011. Jotón es su primera novela.

Reseña

Por Inés Fernández Moreno

El exilio es una problemática que se funde con la historia de nuestros países, desde su independencia hasta nuestros días, al punto de constituir una parte ineludible de nuestra identidad. Como es natural entonces, mucho de la mejor literatura latinoamericana proviene de los desgarros de esta experiencia. Algunos autores reservan la acepción de “exilio” para los casos que provienen de la violencia política, y hablan de “inmigración” cuando lo decisivo es el factor económico. Sin embargo, no podemos ignorar que en Latinoamérica las crisis económicas y sociales, las recesiones, el empobrecimiento cultural están íntimamente ligados a los errores y los horrores políticos que se sufren en la región. Por eso esta novela de Natalia Crespo se inscribe en la larga tradición de las literaturas del exilio. Más precisamente en la crisis argentina de 2001, con una economía destruida que empuja a cientos de jóvenes a hacer colas en todos los consulados con la esperanza de adquirir una nacionalidad del primer mundo y zafar del hundimiento en que se sumía el país.
Este es el marco en que Marisa y Eduardo, los protagonistas de Jotón, deciden irse a los Estados Unidos, con su hijita de pocos meses.
La novela abre con una escena doméstica amenazada por la presencia de un piquete. A muy pocos metros de la casa donde Marisa cuida el sueño de su bebé, queman neumáticos y una humareda espesa y tóxica se cuela por todas las ventanas. “Quizás Eduardo tenga razón -reflexiona Marisa- y haya que irse del país (…) para olvidarse de los piquetes, de las gomas quemadas, de los paros y de los corralitos”. No más angustia de si llegaban o no a fin de mes, de si subían las expensas o los asaltaban en la esquina. Los destinos del exilio son siempre muy diversos, y algunos parecen ser menos crueles que otros o al menos auspician la posibilidad de algún intercambio fecundo. En el caso de Marisa y Eduardo será Houghton, una gélida ciudad de Michigan “en la punta norte, a orillas del Lago Superior, en la frontera con Canadá”, donde Eduardo, científico, consigue un excelente puesto de trabajo en la Universidad, y donde también Marisa podrá encontrar un lugar como profesora de español.
Desde su departamento de Avellaneda, la protagonista se inicia en el conocimiento del nuevo destino a través de internet. Mientras por la ventana abierta de su casa recibe la tibieza de una mañana soleada, oye el entrañable sonido de la flauta del afilador o siente el olor de un asadito de una obra vecina, Marisa va registrando los primeros datos de una extrema ajenidad: Houghton recibe las nevadas más intensas de los EEUU, sus habitantes son descendientes de escandinavos, prácticamente no hay latinos allí, los entretenimientos favoritos son la caza del oso, las esculturas de hielo o los deportes sofisticados en la nieve… Marisa confronta cada dato consignado con su experiencia, incluso hasta el disparate, en ese habitual mecanismo de intentar comprender lo desconocido a partir de lo conocido: Cazar osos en la montaña / pescar mojarritas en el Rosedal; provenir de indios chipewas /de indios comechingones; cazar urogallos /conocer uruguayos… El contrapunto, humorístico pero abismal, y llevado adelante con gran destreza recorrerá toda su experiencia en Houghton: la de la progresiva desposesión de aquello que hace a nuestra identidad. Tal como lo dijo Cortázar: “El escritor exiliado es alguien que se sabe despojado de todo lo suyo, muchas veces de una familia y en el mejor de los casos de una manera y un ritmo de vivir, un perfume del aire y un color del cielo, una costumbre de casas y de calles y de bibliotecas y de perros y de cafés con amigos y de periódicos y de músicas y de caminatas por la ciudad. El exilio es la cesación del contacto de un follaje y de una raigambre con el aire y la tierra connaturales; es como el brusco final de un amor…”.
El final del amor, como era previsible, arrastrará también a la familia en un largo periplo donde los dos protagonistas actúan como polos opuestos frente al primer mundo jotonés: el auténtico dolor y desazón de Marisa en contraste con el sometimiento chupamedias y egoísta de Eduardo, personaje sobre el que la autora ejercita lo más afilado de su pluma. “Siento que estuve acá toda la vida” proclama Eduardo con deleznable entusiasmo frente a cada novedad jotonesa. Digamos en su descargo que, como científico, él tiene la posibilidad de abstraerse del mundo y constituir su patria en su laboratorio; Marisa, en cambio, inmersa en la vida cotidiana, en su condición de mujer donde la maternidad, el hogar y la profesión deben encontrar su difícil punto de equilibrio, es quien recibe el peso brutal del cambio. Cada vez que da un paso en Jotón tiene nieve hasta la rodilla y se enfrenta a una nueva decepción. Su única defensa es registrarlo todo de forma exhaustiva y con distintos recursos. La curiosidad intelectual se plasma en ágiles “apuntes de viaje” ante formas de vida radicalmente distintas: el criterio de la moda a 30 grados bajo cero, el significado jotonés de una fórmula tan habitual como “hoy me encontré con menganito” (los encuentros sólo pueden ser visuales a través de las ventanillas empañadas de los autos) o las parejas que se divorcian no por disidencias sexuales sino por sus distintos criterios acerca del ahorro de energía o el reciclado de la basura.
Por otro lado, surgen las aristas más odiosas de la sociedad “jotonesa” que la autora irá revelando con una ironía afiladísima: la hipocresía de lo políticamente correcto, el desprecio encubierto por los latinos -Valoramos la diversidad cultural, incluso la de Sudamérica- le dirá sin empacho su colega-, el vacío de las fórmulas de cortesía -Honey, sweetie pie, pumpkin-, las luchas mezquinas por el poder en el mundo universitario, las rifas anuales para lograr las cotizadas visas, la dificultad del contacto humano ante la cual el venezolano que trapea en la cafetería de la Universidad se erige en un amigo apetecible, los extremos ridículos del miedo jotonés ante las bacterias (darse la mano puede ser peligroso), ante la propia integridad (la negativa de su amiga a reportar un crimen) y un largo etcétera que el lector irá develando con regocijo y angustia. Porque aquí es donde Jotón muestra su espesor literario. En la notable lucidez de la mirada. En la soltura de los recursos. En el manejo fino de la ironía.
Una tercera persona flexible permite el avance preciso e impiadoso de la inteligencia. Pero también nos ofrece una perspectiva intimista que pronto se nos vuelve entrañable. Sufrimos junto a Marisa desdicha tras desdicha pero siempre mediatizada por el humor que campea a lo largo de toda la novela, por momentos desopilante, paródico hasta en exceso, pero cuanto más afilado, más significativo. El otro gran protagonista de esta novela es el lenguaje. Desde el bautismo de “Jotón” en adelante, y tanto en español como en inglés, la protagonista se regodea en las riquezas de la lengua, pesa y sopesa cada expresión y sus usos, revela sus significados profundos y sus diferencias. La nostalgia y el desgarro de la aventura jotonesa se encarnan así en la escritura. El deseo se cifra en la recuperación de su lengua materna, aún con las desventuras locales que tan bien expresan los verbos terminados en “ear” -cajonear, caretear, cacerolear- y hasta en las venganzas sangrientas del lunfardo: ma de qué “gender surgery” me hablás, decí más bien que “le cortaron el sogán o la japi” piensa Marisa ante los comentarios sobre el cambio de sexo de un colega. Y es este trabajo y este talento narrativo lo que hace que Jotón no sea un mero recuento de experiencias más o menos desdichadas sino un testimonio literario, singular y vigoroso de nuestros años 2000. Y por último una vez más, la demostración de aquella verdad sobre lo incurable de la experiencia vivida. De regreso en Buenos Aires, Marisa descubrirá nuevas formas de malestar que parecen confirmar que la puerta que conduce al exilio nunca termina de cerrarse. Siempre habrá un cero que nos amenace en cualquier esquina de cualquier lugar del mundo.

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