Tapa Ariel Zandel

Nadie muere antes de tiempo

Los veinticuatro cuentos que componen Nadie muere antes de tiempo llevan al lector de la mano a través de un tour de force literario, como afirma en el epílogo Ariel Idez, que incluye una variedad de temas (el mundo del arte o de los sueños, los viajes en la ciudad, la burocracia infinita, el absurdo dentro de las relaciones humanas) y recursos estilísticos, a una velocidad vertiginosa. Los narradores suelen ser obsesivos, al igual que varios de sus personajes, y construyen atmósferas de encierro, dentro de una cotidianeidad tensa, que en cualquier momento explotan mediante chisporroteos de violencia y enajenación. Zandel, con su primera obra publicada en papel, nos muestra que la imaginación más frondosa convive en los pliegues de la realidad, dotándola de una densidad y sentido del peligro que están a un paso nomás de cualquiera de nosotros.

Autor: Ariel Zandel

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Descripción del producto

Ariel Zandel nació en 1983 en Villa Crespo. Se inició en la literatura a través de la creación de su blog “Fugas y obsesiones”, donde publicó sus primeros cuentos y narraciones. Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires, y trabaja como editor de contenido digital y corrector de publicaciones de diversa índole.

Reseña

Un día nublado en el pecho de Atriller – Por Ariel Idez
Fuente: Modesto Rimba

Hola, ¿cómo andás?, buenos días, tardes o noches, según corresponda; te doy la bienvenida a este epílogo de Nadie muere antes de tiempo de Ariel Zandel. Si seguiste las reglas eso significa que llegás acá tras haber atravesado, a toda velocidad, supongo, los veinticuatro relatos del tour de force literario que nuestro autor ha dispuesto a lo largo de estas páginas para nuestro regocijo estético. Debés estar agitado, abrumado, la lengua afuera, los ojos enrojecidos casi fuera de tus órbitas. Yo me llamo Ariel pero no soy Zandel, lamento defraudarte, y acá no habrá ficción, sino reflexión, pero voy a tratar de ayudarte a bajar, de a poco, en un chill out crítico, para que pensemos un poco en lo que nos acaba de pasar como lectores, en el camión desbocado que nos impactó de lleno y del que no pudimos ni tomar la patente. Vamos a charlar un poco de este libro de Zandel y así, juntos, a evocar lo que leímos en estas páginas y a hacernos a la idea de que el libro terminó, que está terminando (¿o no sentís, vos también, que este libro recién empezaba, que hacía un instante lo estabas abriendo y emprendías el primer cuento y de pronto, sin que te dieras cuenta, el tren bala ya se detuvo en la terminal y hay que bajarse?). Así, sin darnos cuenta, ya mencionamos una de las características de nuestro autor: no le teme a la velocidad, al contrario, tiene el pie pesado y sabe acelerar sus relatos hasta el límite del vértigo. Y nada de carretear de a poco por la pista; a Zandel no le gustan los rodeos, ni las descripciones morosas: apenas hemos leído una línea y ya “estamos en tema” y de ahí en más seremos conducidos con temeraria lucidez y mano firme para meter rebajes y tomar las curvas, hasta el fin del relato. Pero esta velocidad no ejercería un efecto tan contundente si no se desplegara en numerosos relatos, en múltiples abordajes estilísticos, a través de muy diversas temáticas y mediante una virtuosa usina argumental. Quedémonos con esto último: Zandel parece reírse en la cara de aquel viejo terror del escritor ante la página en blanco. Nadie en su sano juicio le objetará a este autor que no sepa sobre qué escribir. Sus argumentos proliferan como un fractal, como si de cada uno surgieran otros, todos únicos como un cristal de hielo. Por ahí te pasó, hay libros que te instalan un tono, una música, un estilo; este inspira a la creación. Zandel parece decirnos que aún en la cotidianeidad más anodina, en el automatismo de una transacción comercial, en la monotonía alienada del transporte público, hay agazapada una historia extraordinaria. Así cada cuento da paso al próximo que leemos cada vez más rápido, con el interés multiplicado por la novedad y por comprobar con qué nos sorprenderá ahora nuestro escritor. Y no nos demoramos, apenas nos habituamos a una historia y ya estamos en la siguiente. Zandel agota rápido su materia: parece urgido por dar paso al próximo relato. La falta de ideas para él no es un problema; su preocupación parecer ser la urgencia por no poder darle a todas carnadura narrativa. Pero este efecto podría anularse a causa de la repetición, que por un lado es eludida por la imaginación argumental y por el otro atenuada gracias a un amplio abanico de estilos. Tal y como es de esperar en un primer libro, Zandel se prueba (y aprueba) en las distintas formas de contar una historia: la polifonía y la multiplicación del punto de vista en “Cuatro versiones de un robo”, que recuerdan al Akutagawa de “En el bosque” , el relato narrado en segunda persona en “La escisión” o “El viaje imposible”, la metaliteratura en “Evangel, entre la vida y la muerte”, el narrador sospechoso en “Antihéroe anónimo”, por citar solo algunas variantes estilísticas.
Pero si Zandel sabe cómo imprimirle personalidad a cada relato, también logra apropiarse de cada historia y por eso podemos reconocer algunas de sus obsesiones y de sus intereses tras leer este libro. Ya dejamos asentado cómo él aprovecha las horas que otros ciudadanos sentimos que perdemos irremediablemente en el transporte público. No es de extrañar que un escritor al que le gusta ir rápido tome los medios de transporte como un vehículo privilegiado para sus ficciones. No se trata sólo de contar historias situadas en taxis, trenes, colectivos; Zandel logra sacarle el jugo narrativo a las distintas situaciones a la que nos enfrentamos en el transporte público. De esta manera explota al pasajero-rehén de un taxista ¿desequilibrado? que lo alerta sobre el mal tino de usar ropa oscura en “Un buen par de ojos de vidrio”, a los pasajeros convertidos en una comunidad de iguales que teme y expulsa a la locura encarnada en una señora con la remera de los Rolling en “La loca del colectivo”, a la sospechosa sospecha sobre el otro monstruoso en “Antihéroe anónimo”, o a la inversión de esa escena, cuando el otro temido y recelado se rebela al estereotipo que lo estigmatiza y propone que la revolución también puede hacerse bailando, en uno de los relatos más logrados de este libro: “El viaje imposible”.
Otro filón que Zandel ha sabido explotar es el mundo del arte, ya sea desde la parodia en “Mierda o arte” (y que en el planteo narrativo que su título literalmente explicita, recuerda al magistral “El canal del sufrimiento” de David Foster Wallace), los vínculos filiales y las herencias demasiado pesadas para sobrellevar en “El arte de morir”, y la inagotable relación entre arte y locura en “M.E. Bertoletti 85”, que culmina en su gran finalle con una auténtica obra maestra a la altura del artista y del autor que le da vida, como si todo ese capricho se justificara por el cincelado de una sola frase: “Era un día nublado en el pecho de Atriller”.
Y si ya leíste el libro sabés que me quedo corto, que hay más tela para cortar, que Zandel también abreva en la medianía burocrática para revertir esa mediocridad en literatura en “El empleado”, que a veces se desliza entre el aguafuerte urbana y la polaroid de locura ordinaria como en “Puntito de sangre” o “El hippie nazi”, que revela todas las absurdas y minuciosas reglas que nos permiten vivir en sociedad, como hacían los interaccionistas simbólicos, rompiendo en pedazos esos marcos de acción y que en esas explosiones se desatan las carcajadas contenidas en tanta acartonada solemnidad en “Todo por tres pesos” y “90 gramos”, que imagina una “obra de teatro eterna” que se convierte en el mayor gesto político del arte y que lo desborda todo, hasta que ya no se sabe quién actúa y quién observa y que hace de una figurita de Maradona un Rosebud de papel para explicar la villanía de un tipo y la demorada, conflictiva y contradictoria venganza, a lo Hamlet, de su viejo amigo que se sabe a la vez víctima y victimario.
Bueno, creo que ya hablé mucho, por ahí logré que te durmieras o quizás sigas ahí, pero seguro, espero, ya más apaciguado. Conversando sobre estos cuentos de Zandel ya empezamos a olvidarlos, es decir, a conservarlos para siempre en la memoria; en unos años no sabremos si estos relatos fueron inventados por alguien, o si alguien nos los contó, si nos sucedieron a nosotros o si acaso los soñamos en una noche agitada. Pesadilla de la naturaleza es la conciencia y sueño de la realidad, la literatura. Ahora sólo nos queda esperar nuevos relatos; como bien enseña este libro, nadie muere antes de tiempo y, mientras tanto, siempre agradeceremos que haya alguien ahí para contarnos una buena historia.

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