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Raros sentidos

En raros sentidos el poeta es un viajero que atraviesa una cartografía imaginaria de trópicos
gobernados por un núcleo esencial: la ontolgía de lo sutil. La peripecia del yo poético consiste en
atravesar el meridiano de las cosas, bajo la sombra de su entidad, para desembocar en esa otra
luz que anima el lenguaje y que nos permite encontrar vacíos, huecos en donde nos volvemos
infinitos. Como toda iluminación, el desafío es atravesar el sueño para volver a despertar.

Autor: Pablo Queralt

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Descripción del producto

Pablo Queralt es médico y poeta. Es curador de poesía de la biblioteca de San Isidro, colaborador del suplemento cultural del diario El pregón de Jujuy y diario punto uno de Salta.
Publicó los libros de poesía Cansancio de lo escrito, La flecha de Agustín,  Un seductor mañana, Primer paso, Reescritos infinitos, Pueblo de agua, Pájaros en palabras, Crack, Escribí mi nombre, Poema de la nieve, 89 golpes y un whisky, El padre, Late, Pavarotti, Jazz, Perfume animal, Cocineros, Coca, Laleblan, Aves del paraíso, La piscina, Ser y ser visto. Fue traducido al catalán y al italiano y figura en 2 antologías de poetas de Buenos Aires y también
en la antología 7 poetas de Salta y Bs As. Los libros La Piscina y Coca fueron publicados en España por Niña bonita cartonera de Zaragoza y por editorial Karakartón de Palma de Mallorca y el libro Aves del paraíso, en Toulouse Francia  por Julieta cartonera. Sus poemas figuran en muchos blogs de Argentina, España, Chile, Uruguay y revistas literarias como El Desaguadero, El jabalí, La guacha, Los rollos del mar muerto y revista Prisma, de la fundación Jorge Luis Borges. Tradujo Ensemble encore último libro de poemas de Yves Bonnefoy.

Reseña

La lengua que habitamos
Por Bea Lunazzi
Desde el título, Necias y nercias nos propone un modo de leer desprejuiciado en el que los corrimientos respecto a la convención provocan por un lado el placer lúdico de la experimentación y por otro, la apertura de capas de sentidos. Ana Ojeda opera en la forma, la materia primera de todo texto. El trabajo con la lengua, los registros dialectales, el habla urbana se suman al particular modo de contar. Sus relatos comienzan sin preámbulos, con acciones que presuponen un antes, un hipotético fuera de texto en el que se ha iniciado la anécdota que se presenta trivial para ir travistiendo todo hacia lo grotesco, el humor o el patetismo.

Tampoco sus finales son los clásicos del cuento. Lo que se muestra hurga en lo cotidiano y lo vuelve motivo propicio para transitar con su lupa deformante que posa con precisión de cirujana sobre el lenguaje. Todas las intervenciones en el discurso se resuelven como pasos de baile; la rigurosidad formal se enmascara hasta hacerse casi imperceptible, de agradable deglución. Como el perro de “Perseverar” con el que inicia el libro, Ana “territorializa” la lengua, la marca y la hace suya. La divergencia se convierte en expresión, en voz propia, en espectáculo.

Los cuentos de esta antología versionan la conversación de los argentinos, más específicamente las voces de la ciudad. Conviven distintos registros y tonos, poniendo en el mismo plano las variantes o modalidades de los diversos grupos sociales, desbaratando cualquier jerarquía.

Estos recursos que la autora adopta-adapta con naturalidad dotan el texto de una rara graciosidad, muy cercana por momentos a la caricatura. Recrea activamente la oralidad, echa a andar fenómenos lingüísticos insólitos, altera la morfología, rejuvenece modismos, vuelve cómicos algunos clisés, parodia, desplaza, cae en pleonasmos, hipérboles, equívocos; estira como elástico la lengua: estrategias de carnaval.

Sin recetas ni docilidad se instala en la “cocina” de su oficio (tal vez como su citada Marguerite Duras) y manipula ingredientes. Bien sabe que el problema verbal es el problema literario y que la norma mata los hechos estéticos.

Como sus personajes, intenta quebrar la monotonía, tomar un poco de aire fresco, sin congelarse -como la chica de la bici en “Cambio de piel”-, sino creando una atmósfera de familiaridad, de empatía.

Los lectores sentimos que ellos nos hablan de muy cerca, somos sus cómplices porque los sentimos vivos. Entramos por un rato a sus casas. Somos la lengua en la que habitan.

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