ricardo gravitando, de Mauro Lo Coco

ricardo gravitando

Este libro lanza a la cara un desafío de orden genérico: ¿poema narrativo? ¿novela en verso libre? Digno descendiente de una literatura que se inicia con una novela en verso (a decir de Borges) llamada Martín Fierro, ricardo gravitando narra –versa sobre– el derrotero de su protagonista: Ricardo Cambiasso y su proceso de iluminación. La anécdota no se despliega de forma lineal sino que avanza en espiral (uno de los símbolos distintivos de la escritura de Lo Coco) ascendiendo y descendiendo como las corrientes de aire.
Publicada originalmente en 2003, esta obra revelas e impone ya una flexión que el poeta le imprime al idioma de los argentinos: un corte de verso, un registro, un modo Lo Coco del decir cuya madurez y seguridad apabullan.

Autor: Mauro Lo Coco

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Descripción del producto

Mauro Lo Coco nació en Villa Santa Rita en 1973. Es docente de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Dirige Pesca Fácil desde 1997. Publicó Sombras del gorgojo (VZ, 1998), aletas de antemano (ed. del cableado, 2000), ricardo gravitando (del dock, 2003; mediante un subsidio de la Fundación Antorchas), niño cacharro (zindo & gafuri 2010), 18 éxitos para el verano (zindo & gafuri 2012), la justicia del suelo (determinado rumor, 2012), mi sabiduría es arruinarla (zindo & gafuri 2016), tres rapsodias (zindo & gafuri 2017) y donde caucho se quema (Club Hem, 2017). Actualmente se encuentra trabajando, junto a un equipo interdisciplinario, en una intervención urbana promovida por la Cancillería de Luxemburgo a realizarse a fines de 2017 en Buenos Aires.

Reseña

Déje joder

 

Los buenos modales literarios prescriben que el uso del gerundio es de mala educación. Pocos dogmas se absorben más rápido en los cursos y talleres de escritura que aquel que advierte y alerta sobre el uso –y abuso– de los verbos terminados en las desinencias ando e iendo. Por eso, cuando Mauro Lo Coco me dio en mano su primer libro de poesía (conocí a la persona antes que al poeta) y advertí que su título consistía en un fragrante gerundio: Ricardo gravitando, supe que no me dejaba alternativa: estaba ante un genio o un idiota.

Por fortuna (o por milagro, ya que la vida nos acostumbra con demasiada frecuencia a lo contrario) se trataba del primer caso, pero mi desconfianza fue tal que me llevó un tiempo corroborarlo: transité el primer tercio del libro leyendo con sigilo, avanzando en puntas de pie. La comprensión tampoco se me facilitaba: me era difícil determinar qué era ese objeto literario no identificado que tenía en las manos. Agradezco que este haya sido el primer libro que leí de Mauro, ya que me preparó –me predispuso– para todo lo que vendría después: una confirmación, tras otra, de que a la literatura argentina le había salido un Lo Coco.

Porque si es auténtica literatura aquella que cuestiona y amplía los límites de “lo literario” (en contraposición a la buena y hasta excelsa factura artesanal de lo “ya hecho y dicho”), he aquí pura y dura literatura, de esa que nos enfrenta a las preguntas más inquietantes: ¿es esto literatura? ¿es esto poesía? ¿es esto escritura? La obra posterior de Mauro y la reedición casi quince años después de este libro caen sobre la institución literaria (morosa en su modorra para advertir lo nuevo bueno) con el peso de una respuesta, pero dejan, como antes, huérfano al lector, librado a su suerte –a su instinto– mejor aún: celebro que así sea. Supongo que un prologuista debería dar razones, argumentos a favor de esta lectura; pero la obra de Lo Coco se defiende sola y tan bien, que a lo largo de estos quince años ha forjado un club y un clan de fieles admiradores.

El primer desafío que este libro lanza a la cara es del orden genérico: ¿poema narrativo? ¿novela en verso libre? Digno descendiente de una literatura que se inicia con una novela en verso (a decir de Borges) llamada Martín Fierro, Ricardo gravitando narra –versa sobre– el derrotero de su protagonista: Ricardo Cambiasso y su –digamos– proceso de iluminación mística. La anécdota no se despliega de forma lineal sino que avanza en espiral (otro símbolo de la escritura de Mauro) ascendiendo y descendiendo como las corrientes de aire. En segundo lugar está la escritura: la flexión que Lo Coco le imprime al idioma de los argentinos. En este sentido nuestro autor no ingresa a la literatura pidiendo permiso sino pateando la puerta. Ricardo… impone ya un corte de verso, un registro, un modo Lo Coco del decir cuya madurez y seguridad apabullan. No hay alternativas: el genio se pare a sí mismo

No encuentro nada mejor para evocar la impresión de aquella primer lectura que retrotraerme a lo que escribí entonces: “novela pampeana escrita en verso libre, hay una escena en la que Ricardo Cambiasso, alienado oficinista porteño se encuentra con Aughentaler, enigmático eremita de la Pampa y hay un tero un pato un perro, el cuzco ‘Caifás’ que completan la escena y entonces:
`Caifás miró desconfiado y paró, se pegó al dueño sin sacarme la
/vista:
lo chirlaron y le hablaron bajo: déje joder.’
En ese punctum del poema me detuve, alcé la vista (alguien definió acertadamente el punctum barthesiano como ese momento en el que uno suspende la lectura, alza la cabeza y dice ‘qué hijo de puta’) y cobré cabal conciencia de lo que importaba (de importancia, pero también de importación) la escritura de Lo Coco. Si se leía “literalmente” significaba lo contrario de lo que “quería decir”, el sentido del reto “deje joder”, en el que el “de” se disuelve en la sinalefa vocálica sólo emergía si la escritura se resolvía en la voz, o dicho de otra manera, la voz aparecía violando las normas de la escritura, utilizando su sentido a contrapelo. El tipo no decía al perro ‘déjese de joder’ o ‘déje de joder’ ni siquiera apelaba a la transitada fórmula gauchesca ‘déje e’ joder’. La solución era perfecta ‘déje joder’ y mostraba al mismo tiempo el abismo entre lengua y habla salvado por la iluminación poética”. Después de leer eso ya no tuve más dudas. Estaba ante uno de esos milagros paganos que nos hacen renovar los votos con la literatura.

Desde entonces no hubo para mí vuelta atrás y los libros que vinieron después no sólo me mostraron que estaba en lo cierto sino que, además, ahora puedo ver en Ricardo gravitando el universo de Lo Coco concentrado en la cabeza de un alfiler. Mónada locoquiana, advierto en la escena inicial del libro (ese magistral desplazamiento inmóvil con el protagonista detenido sobre el lomo del caballo Tiberio) el rumiar incesante: “carrusel de tragar hasta atorarse y obligarse a maniobrar la panza como un bote” de La justicia del suelo. En la relación con los animales que marcan las distintas partes del poema (caballo, pato, perro, tero) un modo oblicuo de plantear el divorcio humano de toda naturaleza y el abismo de sentido entre ambos que anticipa “puro flúo/rémix”, libro dentro del libro 18 éxitos para el verano. Y en esos fragmentos del habla cotidiana que cruzan el poema como latigazos (“siempre no viene, a veces, cada tanto”) los pedazos de loza del inododoro de Duchamp, exhibido como escombro y como ruina, en el museo del poema. Mauro no recoge esas figuras del lenguaje coloquial para tranquilizarnos en la identificación sino para inquietarnos en el extrañamiento y para operar una doble desterritorialización. Dibuja con los versos un poema que lleva inscripto en su superficie el venenoso lema: “ESTO NO ES UN POEMA”. Y si no hablo de Niño cacharro es porque de ese libro no se puede hablar (hay que leer y admirar) y de lo que no se puede hablar, mejor callar.

La poesía, no obstante, brota, como el agua bajo el pozo, en Ricardo… a través de reflexiones como: “El pasto yo nunca pensé/ la fruición de comer lo mismo que estás pisando” o “por más alto que estés, el vértigo se cura con piso” o filtrada en la música de ciertos versos en los que “suena peludo el bombo legüero” o “La aprendí del tero. De la triste canción que pió poco antes que durmiéramos, y el sol se doblara en las trutrucas” y también en un empleo sabio y sutil de las figuras retóricas. En este libro de poesía, la poesía sale al camino y asalta al lector cuando éste está distraído mirando el paisaje o dialogando con los personajes. Me siento en deuda, no obstante, ¿un prólogo no debería acaso orientar al lector en su lectura? No puedo, me resisto a oficiar de guía, a clavar postes que indiquen un camino cuando este libro invita a tantos. Apenas puedo señalar con mi índice la tapa y decir, como Jones: “no se demore y vaya acompañado. Salga temprano”.

Me queda el gerundio rebotando. No se trata sólo del título, en el que Mauro coincide con Laiseca (otro monstruo de la literatura argentina) en presentarse en sociedad con un nombre maleducado. El gerundio raya el libro, como el sol raya el mediodía en Parque Pereira, es un scratch que rompe la armonía del “buen decir” para imponer un nuevo sonido. Sin abusar, algunos ejemplos: “Suponiendo la adopción, descontaba anotar en esta ocasión nuevamente”; “Al mirando se filtró, la sombra extranjera de Jones”; “esto teniendo lugar en mí, aconteciendo”. Cuando intento disuadir a uno de mis alumnos del uso del gerundio le explico que se trata de una acción continuada en el tiempo y que no tiene fin y le pregunto si está seguro de que eso es lo que quiere dar a entender. He aquí entonces un libro seguro de su peso específico. Ricardo está –y estará- gravitando en la galaxia Lo Coco y alterando las órbitas de la literatura argentina. Ahora y para siempre

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