una fiesta sepultada, libro de enzo amarillo - modesto rimba

una fiesta sepultada

El amor como una guerra que vuelve, en sus contradicciones, y que transforma a sus protagonistas, heridos de muerte en la batalla, para renacer. Con las operaciones de la metáfora y el oxímoron, los poemas de Una fiesta sepultada, hacen que el lenguaje del amor estalle en su propia formulación, imposible y siempre necesaria.

Autor: Enzo Amarillo

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Descripción del producto

Enzo Amarillo nació en Entre Ríos, Concepción del Uruguay. Vive actualmente en la ciudad de La Plata. Estudia psicología y se forma en psicoanálisis. Una fiesta sepultada es su primer libro.

Reseña

Dar lo que se tiene… – Por Pablo Peusner

Casi todos los lectores familiarizados con la enseñanza de Lacan conocen su adagio que reza “el amor es dar lo que no se tiene”. Pero probablemente pocos conozcan aquel que pareciera ser su contrario, en el que afirma que “dar lo que se tiene, es la fiesta”.
¿Y entonces? ¿La fiesta resulta sepultada cuando ya no hay nada para dar? -Pero entonces allí comenzaría el amor…
Lágrimas que brillan, danzas fantasmales y un verano negro, son algunas de las imágenes que Enzo nos hizo transitar con sus palabras, palabras que tienen función creadora, que enferman, pero que también curan. Y porque cualquiera podría creer que un libro o un poema se leen con los ojos, conviene aquí esbozar una sonrisa y explicarle: ¡No, estás equivocado! Se lee con el cuerpo, porque si la poesía no te atraviesa el cuerpo, es nada.
La palabra embraga con el cuerpo, lo desproporciona, lo vacía. Como en la fiesta, donde el cuerpo goza, siempre desproporcionadamente, hasta quedar vaciado y no tener más nada para dar.
Por suerte hay otros, cuya tontería nos enlaza y nos permite encontrarnos para leernos, para escribirnos, para soñarnos o llorarnos, para querernos.
Por suerte hay poetas y hay poemas.
Y por suerte existe esa música para un solo instrumento, la voz, que es la poesía.
Por suerte la fiesta termina, para poder amarnos.
“Yo no soy poeta, soy poema” decía Lacan, pero no lo entendimos del todo, por suerte…

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