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y la gata se relame

Apuesta fuerte de escritura, los poemas de Y la gata se relame giran en espiral en torno a la belleza y la crueldad de la existencia. Con un estilo que burila la estética del poema hasta abandonarlo en una zona cercana al silencio, absorto, que nos producen los fenómenos maravillosos del mundo, y junto a esta manera de acercarse a las palabras, la crudeza del apunte escrito en una servilleta porque no se sabe si será la última oportunidad de hacerlo. Cynthia Langier juega y se juega en estos poemas, con la misma languidez y astucia de los felinos, que nos observan con ojos antiguos, desde siempre.

Autor: Cynthia Langier

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Descripción del producto

Cynthia V. Langier nació en Villa Crespo, Buenos Aires, en 1971. Es psicoanalista y poeta. Fue ajedrecista y profesora de ajedrez.
Coordinó talleres de juego y creatividad en centros educativos y en el Hospital Garrahan. Estudió en la Universidad de Buenos Aires y Casa de Letras. Realizó talleres de escritura con Margarita Roncarolo, Osvaldo Bossi y Mauro Lo Coco.
Algunos de sus poemas fueron publicados en antologías recientes. Éste es su primer poemario.

Reseña

Por Margarita Roncarolo

El libro se abre, el libro está abierto, y como la buena jugadora que es, Cynthia Langier apuesta fuerte. La apuesta es del orden del destino, de las cartas que ya están sobre la mesa, ya sucedió lo inevitable y lo único y tremendo que se puede hacer, es nombrarlo. La apuesta entonces es por el nombre de las cosas
Y allí, en esa vana arquitectura de la poesía, se despliega el mazo.
Permitidme que vuelva a recordar el pasado, dicen los naipes boca abajo. Y uno a uno se van volviendo y revelándose con nuevos nombres y ya nada es lo que era, ya estamos en el camino peligroso y valiente de alcanzar la madurez con gratitud, sin despilfarrar la energía en la queja (o también! qué diablos!) aprendiendo a celebrar, a articular la fiesta, una fiesta olvidada, como una estúpida alegría nacida del dolor. Con la única fidelidad posible que es la fidelidad a uno mismo.
Dicen que lectura y escritura son los modos con que contamos de ejercer nuestro destino humano, testimonios transformadores capaces de escuchar las voces que nos pueblan. Así resuenan estos textos de hambre que liberan de la totalidad compacta de un posible destino ya consolidado. Textos de diálogo con las ausencias y textos de encuentro y desencuentro con los cuerpos.
Más precisamente, textos de un cuerpo que escribe y que es capaz de atravesar las vestimentas para dejarse desnudo, mi cuerpo desnudo y los otros cuerpos desnudos, y que ya desnudos osan y atreven pero no tanto porque cada palabra que expone guarda otra que esconde y así es cosa de nunca acabar.
Porque dónde comienza esta historia si no es en la falta? Y dónde termina si no es en la falta? (no habría escritura entonces, esa huella que se inscribe sobre una ausencia). Comienzo y final son casi hipótesis, lo que hay aquí son puros presentes que se desplazan en horizontes pasados o por venir.
Una manera de abrazar el tiempo, un gesto desmesurado y a la vez cronometradamente riguroso, tanto como para asignar un signo en la infinitud de los signos convocando al presente ausencias que piden continuidad sin término.
De este modo el temblor es persistente, no hay nada consolidado. El impulso viene del cuerpo ausente y de los cuerpos presentes (un padre, una mujer amada, unos hijos deseados) y de la necesidad de fundar un nuevo orden. Un alfabeto ordenado, como decir: levanto ésta, mi morada, en el lenguaje y la lucha es con los demonios del lenguaje.
La palabra de C.L asume el pacto de reparación de las vasijas rotas y salva el fuego pero no se consume en él porque el incendio se transforma en hogar; convoca e invoca, es deseo y voluntad.
Asegura cierta inmortalidad dentro de la finitud y también cierta consistencia en medio de la precariedad.
Poesía donde el decir es más que lo dicho, la palabra justa que necesitó el tiempo justo -lo sabemos- para poder decirse, la oportunidad, la justa puerta, el libro que se abre. Y que sella el pacto con la letra.

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