Ella

Ella

 

Vladislao se caló la gorra y sa¬lió. Apoyado contra la puerta de calle encen¬dió un cigarrillo. Se levantó las solapas para protegerse del viento que acababa de levantarse desde el río y avanzó hasta la esquina. 

Se detuvo. Metió una mano en el bolsillo como para cerciorarse de algo y caminó hacia el puente. Comenzó a cruzarlo. Del otro lado, las paredes del barrio obrero reflejaban la luz de la luna. 

Sacó la lengua y se la pasó por los labios. Hacia la derecha, percibió la copa de algunos sauces en el Balneario Municipal y a su izquierda, la estructura metálica del ferrocarril. Abajo, las aguas del Neuquén. En ambas orillas oscilaban unos botes. 

Bajo uno de los faroles volvió a detenerse y metió por segunda vez la mano en el bolsillo izquierdo. Sacó un papel. Leyó. Cada tanto levantaba la cabeza y movía los labios. 

—Quiero vivir —dijo en voz baja. 

Y sacudió el papel mientras lo decía. 

—Quiero vivir —repitió y bajó la cabeza y dijo: 

—Debe haber otra vida fuera de vos. 

Metió el papel en el bolsillo y avanzó. Justo al final del puente hizo ademán de volverse. 

—No —dijo con la cabeza apuntando hacia los zapatos. Hasta que retomó el camino y apuró la marcha. Sus zapatos de cordones arañaban el pavimento con crujido leve. 

 Después de atravesar el viaducto, avanzó por la ruta 22 y se internó en los pasillos del Pichi Nahuel. Lejos, ladraban unos perros. 

 

Fren¬te a una casa miserable golpeó dos veces. El viento hacía rodar algunos tarros, botellas rotas. Sobre los techos, las antenas de televisión se ladeaban, largas y rígidas. 

Mientras esperaba que le abrieran sacó el papel del bolsillo. Recorrió los renglones con toda la mano. 

—Salvame —dijo y levantó los brazos y levantó la cabeza y bajó la cabeza y bajó los brazos y murmuró:

—No alcanzás.

Dio unos pasos como para irse. Se detuvo. 

—No. Así no puedo… 

Empezó a rasgar el papel. Llegó hasta la mitad, lo dobló y lo guardó. Se pasó la lengua por los labios.

Volvió a golpear. Oyó pasos del otro lado de la puerta. Miró el reloj. Faltaban cinco minutos para las once. Segundos después, un viejo con una linterna le abría la puer¬ta.

—Cortaron otra vez —dijo. 

—Desde que nos sacamos de encima al interventor —contestó Vladislao por decir algo—, Primeros Pobladores se convirtió en un pueblo apagado.

—Ella lo espera —gruñó el viejo cerrando la puerta a sus espaldas—, desde hace dos horas. Está ansiosa —insistió—. Ella estaba segura. Yo no —dijo—. Va a venir, decía. Y yo que le decía que no. Que usted no iba a venir. Si usted nunca llega tarde. 

Hablaba desde la puerta. Como estaqueado contra la puerta. 

Vladislao pareció no escucharlo. 

—¿Almidonó esta semana? —preguntó. 

—Almidonó —fue la respuesta del viejo, yéndose.

Vladislao bajó el cierre del abrigo, colgó de memoria la gorra en un remache de la pared y se mojó por tercera vez los labios. Metió la mano izquierda en el bolsillo izquierdo. Sacó el papel casi roto, lo estrujó, hizo un bollo y lo tiró al piso. 

Recorrió el corredor alumbrado por dos lámparas a querosén. Antes de entrar al cuarto giró, volvió sobre sus pasos, recogió el bollo y lo guardó en su mano. Levantó la cabeza. Parecía mirar el cieloraso de chapa y madera o querer hablar con alguien porque movía apenas los labios.

—Quiero vivir —dijo en voz baja.

Entró. Dejó el bollo de papel sobre una silla, se desnudó y se metió entre las sábanas de algodón que cru¬jieron al roce. 

 

Hizo ademán de levantarse pero se arrepintió. Estiró el brazo derecho y agarró el bollo; lo desdobló, lo estrujó otra vez. Apretó el bollo contra el pecho. Finalmente, se lo puso en la boca y comenzó a masticarlo. Lo trago y cerró los ojos. 

Entonces empezó a buscarla con las manos. Se pasó cien veces la lengua por los labios. Se puso boca abajo. En el instante en que un hilo de baba abría un surco sobre la piel de su mentón, ella apareció de entre los dobleces de una de las almohadas con sus extremidades negras, larguísimas, y su cuerpo húmedo. 

Excitado, Vladislao comenzó a lamerle el vello suave del abdomen, mientras ella, lenta, eficaz, tejía una tela entre sus dientes, sobre las tetillas y en el césped de sus genitales. Baba, lamida, tela. Hilos de baba. Desde el lóbulo derecho a las uñas del pie izquierdo. Baba y tela. Baba y pierna y espalda y mentón. Baba y brazos. Hilos de tela. Codos, ligaduras. Extraviados, ellos dos. Tela. Tendón, hueso. Amarrados. Hilos de baba. Pezón. Tela. Baba. Hilos de baba. Vulva. Tela. Baba. Hilos de baba. Matriz. Y todo baba. Y tela. Él. Ella. Encadenados. Pero él envuelto, atravesado. 

Y entonces ella –sólo ella— rompe la tela. Baba. Tela. Hilos de baba. Abusos. Eslabones. Rompe la tela. Hilos. Sometimiento. Baba. Esclavitudes. Cepos. Rompe tela servidumbres hilos. Rompe y estira las patas. 

Y ella —sólo ella—  sacude el vello arácnido de su cuerpo y es, ahora, piernas torneadas y larga cabellera castaña —apenas baba— sobre la cabeza  —apenas tela—  mujer de veinte años. 

Y él —sólo él— apenas cáscara, baba y tela. 

Nada. 

Sólo un bollo de papel en el piso.