Jotón (selección de capítulos) - Natalia Crespo

Capítulo I

El agua con espinacas hierve y rebalsa, imparable, de la olla oxidada. Marisa ve, sentada a la mesa pelando papas, la espuma verde que se yergue como lava, chasquea sobre el fuego azul de la hornalla y se convierte rápido, rapidísimo, en ese pegote tan indeseado. Por suerte compró un producto especial –aunque tóxico, ahora que lo piensa– para limpiar hornos y hornallas, así que puede quedarse sentada unos segundos más, pelando. Está de golpe fascinada con poder pelar esa papa sacándole toda la cáscara en una sola tira. Así optimizará sus esfuerzos, piensa. Mira la tira amarillenta con satisfacción. Entonces sí se levanta, camina despacio hasta la hornalla ennegrecida, se agarra la panza como si aún no hubiera parido, apaga el fuego, corre la cacerola de lugar, apaciguando aquel volcán vegetal, y vuelve a sentarse.

Le duele el cuerpo. La base de la espalda le tira. La cabeza le pesa. Pero el obstetra dijo que sólo serían los tres primeros días. Hoy ya es el segundo y está algo aliviada.

Las ocho y cuarto. Las ocho y cuarto y las milanesas que se olvidó de comprar. A las y media cierra el mercado. Salir, salir aunque sea en pantuflas y con esa crema que se puso en los pezones para estimular la bajada de la leche. Pero ¿y Lucía? ¿Y Lucía que duerme tan plácidamente? A las nueve y cuarto llegará Eduardo y ella no habrá comprado las milanesas…y la nena que duerme y el mercado que cierra, la espinaca quemada y las papas que están a medio pelar. Qué desorganizada. Tiene que mentalizarse: ahora con la nena y con la casa y con las compras… lo que tiene que hacer ella es or-ga-ni-zar-se.

De pronto recuerda con pánico que es martes. Todos los martes en el puente Avellaneda hacen piquete. Y con el piquete queman gomas. Y con la quema de gomas llega ese olor penetrante, insoportable, el humo filtrándose por todas las ventanas, el hollín depositándose sobre los muebles recién lustrados y, lo que es peor, entrando para no salir en los pulmones frágiles y esponjosos de la beba. Corre a cerrar las ventanas del cuarto donde duerme Lucía, pero cuando entra en la habitación comprueba que ya estaban cerradas. Corre entonces al baño a cerrar el ventilete. Da trabajo. Es antiguo, el mecanismo ya no ajusta bien y no hay forma de evitar filtración de aire por los intersticios del marco. Corre al dormitorio del televisor. Las persianas están bajas pero la ventana sigue abierta y por entre las tablitas de maderas se siente –se escucha y se huele– el chiflete externo. Marisa la cierra. Aun así, el burlete está viejo y la goma negra cae flácida como el párpado de un gorila dormido. Por suerte las puertas del balcón están cerradas. Igual va a entrar, piensa, agarrándose la panza, podría jurar que va a entrar. Por la cercanía al río, el viento sopla fuerte y el chiflete se va a colar por esa línea de intemperie insoslayable, ese espacio de aire entre el borde del vidrio y el marco de la ventana. Puta madre. Ya tiene el olor pegado en la nariz. Pronto dejará de sentirlo y ése será el peor síntoma: el principio del acostumbramiento. Ella lo aguanta pero ¿y la nena? La nena, tan bebé recién nacida en su mundo de leche y pañales, ¿oliendo a goma quemada? Quizás Eduardo tenga razón y haya que irse del país. No se puede vivir así. Pero ¿irse a dónde? ¿Y con Lucía chiquita?

Lo mejor va a ser quedarse cerca del moisés y testear, testear en todo momento el chiflete y su acecho alrededor de Lucía. Si escucha ese zumbido en las ventanas o si huele ese olor espantoso correrá cuidadosamente el moisés hacia el living, que para algo es un moisés con rueditas. Cerca de la estufa, los olores y la contaminación siempre se aminoran. Eduardo podría darle una explicación racional a este fenómeno, aplicar alguna teoría de iones y catones, pero ella no, ella nunca entendió un pomo de ciencia. ¿Cuál será el lugar de la casa menos contaminado?

Entra en puntillas en la habitación a oscuras. La luz tenue de una vela eléctrica da resplandor a la carita de Lucía. Casi todo el resto son penumbras. Se sienta en la cama matrimonial, acaricia la colcha de gamuza verde como si acariciara a su hija. Contempla el perfil suave de Lucía. Eso no es una nariz, es la insinuación delicada de una nariz, dos puntitos circulares y equidistantes, perfectos. Y esos labios como dos lombrices recién inventadas que, entre sueños, cada tanto, replican en el aire el gesto de la succión. Marisa cree oír bombos y gritos de manifestación afuera pero no, cuando aguza el oído se da cuenta de que los imaginó. Todo está en silencio. Ni siquiera se escucha el ascensor. Seguramente anocheció. O no. No se sabe. En esa pieza hecha cápsula del tiempo, el día y la noche son lo mismo, los minutos no corren. Sólo existe ahí dentro el tiempo que se mide a través de Lucía: el subir y bajar de su pecho, las muecas de su boca que sueña con mamar, los cólicos que la hacen contorsionarse y contraerse para luego estirarse y recobrar la placidez. La vela eléctrica ilumina la talquera, el contorno blando de los pañales, el oso rosa de peluche que, apostado sobre la cómoda, parece una montaña en el paisaje atemporal del cuarto en penumbras.

Algo increíble, sobrenatural: los pies de la bebé. Qué suaves y tibios y delicados. Lucía todavía conserva la posición fetal: cruzadas las piernas, las rodillas tocando la panza, los pies enormes en proporción con las pantorrillas. Y la sábana de puntilla rosa que apenas los tapa. Es entonces cuando Marisa se da cuenta: los pies de Lucía están descubiertos, por arriba de la puntilla y no por debajo, como debería ser. Eso es grave y es grave que ella se haya descuidado de ese modo, ¿recién ahora se da cuenta? ¿Hace cuánto que está mirándolos? Esa desnudez, el potencial resfrío, qué descuido de su parte, ¿cómo hará Lucía para sobrellevar tanta torpeza materna?, pobre hija querida. Los tapa, está por taparlos pero de golpe necesita contemplarlos un rato más. Se acuesta al lado del moisés para estudiar la escena desde otro ángulo. Le fascinan aquellos piecitos aterciopelados, suaves de tanto útero reciente, tan sin intemperie. Con esa luz tenue y desde su cama, puede ver a trasluz los cachetes de Lucía, redondos, rosados y cubiertos con una ínfima pelusa rubia. Acostada, Marisa empieza a sentir el cansancio del cuerpo: las piernas flojas, los párpados hinchados, la mandíbula hacia abajo. Sabe que se está deslizando, lentamente, hacia la duermevela. Se resiste, piensa –o cree pensar– en todas las tareas pendientes de la casa pero ahora –o a partir de un instante imprecisable, o quizás hayan sido varios–, tiene una percepción difusa, casi ahumada, del tiempo y de su cuerpo. Se acomoda en la cama, necesita dormir aunque sea diez minutos.

La sobresalta un ruido estridente. Es el llavero de Eduardo contra el vidrio de la mesa de luz. ¿Ya llegó? ¿Qué hora es? Para que las carpetitas de macramé no se corran de lugar –han sido puestas en el centro exacto de mesas, mesitas, cómodas y estantes– Marisa ha colocado un vidrio sobre cada mueble. Le encanta cómo quedan, el croché es un punto tan delicado, y además el hilo blanco realza el color de la madera oscura. Eso sí: ahora hay que tener mucho cuidado al apoyar las cosas sobre los vidrios. Pero Eduardo es atolondrado, nunca tiene presente el peligro de que el vidrio se rompa y algún pedazo ínfimo caiga al piso y luego Lucía cuando gatee, porque algún día no muy lejano va a gatear, cuando gatee, y el pedacito de vidrio allí olvidado en un rincón, escabulléndose de la aspiradora, trácate, se le clave en un dedito o, lo que es peor, en una rodillita, y la nena llore y le salga sangre y ahí te quiero ver.

Marisa escucha un susurro, hace un esfuerzo por abrir los ojos. ¿Está despierta o dormida? ¿Soñó que se rompía un vidrio o se ha roto en serio? Siente algo tibio en el lóbulo derecho.

–¿Estás despierta? –pregunta Eduardo, rozándole la oreja con los labios.

Siempre le hace lo mismo. Claro que está despierta, cómo no va a estar despierta si él acaba de despertarla. Siempre hacés lo mismo, está por decirle, con la voz todavía ronca del sueño, pero ve las llaves sobre la mesa de luz y tiene el impulso de recordarle a Eduardo al menos algo de cautela al apoyar cosas sobre los vidrios. La boca de Marisa está seca, la cabeza pesada. ¿Será fiebre o agotamiento? A veces con la lactancia viene un poco de fiebre, le dijo el obstetra, sobre todo cuando está por bajar el calostro. ¿Cómo será el calostro? Eduardo se ha sentado en la cama y le habla. Ella le siente el aliento a horas de trabajo y a tabaco. Se incorpora sobre el respaldo de la cama. ¿Hace cuánto que no duerme más de cuatro horas seguidas? Gira los hombros hacia atrás. Desde antes del parto, tiene unas contracturas terribles en la espalda.

– ¿Qué hora es? –pregunta Marisa tanteando la mesa de luz en busca del reloj. Sólo alcanza a tocar el metal frío de las llaves. Qué hora es, por dios, necesita saber ya mismo qué hora es.

– ¿Ni siquiera me vas a saludar?

– ¿Qué hora es? —insiste ella— ¿A qué hora llegaste?

Marisa no alcanza a ver el reloj. Nota, en cambio, que un pedazo de la pintura de la pared, a la altura del cabezal de la cama, se desprendió vaya a saber cuándo y ahora allí hay una mancha gris. ¿Cuándo ocurrió eso? ¿Fue gradual o de un día para el otro? ¿Cómo es que ella recién lo detecta ahora, la grieta ya del tamaño de un dedo? Eduardo se para, resoplando.

– ¿Qué hora es? ¿A qué hora llegaste?

– Sí, ya sé, se me hizo tarde, pero no te preocupes que ya cené. Igual, me figuro que de las milanesas ni te acordaste. Sólo pensás en la nena. En la nena y en vos misma.

–¡¿Qué hora es?! –dice Marisa exasperada, más como un reclamo que como una pregunta. La hornalla, piensa, la espuma verde de la espinaca recocida sobre la hornalla completamente mojada y con el gas aún abierto. Se imagina el gas saliendo incansablemente, invisible, comprimido en esa casa toda cerrada para evitar el olor del piquete. Pero no. El gas está cerrado, ahora se acuerda, ella misma apagó la hornalla. Uy, lo que va a ser limpiar ese pegote de espinaca calcinada.

Eduardo abre la ventana del dormitorio. Levanta la persiana de madera. Algo invade la habitación. Es una humareda espesa que se distingue en el aire de la noche por ser ligeramente gris, pero sobre todo por su olor. Un olor intenso a goma quemada. Inconfundible.

–No ves que hay que irse –le dice y se refriega la mano en el mentón. Acodado en la ventana, contempla el aire sucio como si aquella humareda fuera una apuesta ganada. Ya es noche cerrada y sólo se ven algunos autos a lo lejos, sobre la Avenida Mitre.

Por detrás de la humareda del piquete, se distinguen dos estrellas sobre el cielo negro. Parece que se mueven. ¿O son aviones?

– ¿Viste que ahora no están tan caros los pasajes en avión? –comenta Eduardo, la vista perdida en el cielo plomizo.

–¿Mm? –Marisa acaba de encontrar el reloj y lo contempla como si le costara leer la hora.

–Los pasajes a Estados Unidos, digo, no están tan caros. Hoy estuve mirando precios.

–Cerrá esa ventana, Eduardo, mirá la humareda que entra. Me cago en los piquetes.

– Me podría meter en internet y ver lo de las becas, ¿no? –dice él, la vista todavía perdida en el cielo, como si le hablara a las estrellas.

–Cerrá, Eduardo, por favor. Todo ese hollín, esas gomas quemadas, la basura, más el smog de siempre, pobre Lucía.

–¿Cuánta guita pagarán en una universidad yanqui? –pregunta Eduardo y por un momento le brillan los ojos.

–¿Y la nena? Dios mío, la nena, la nena respirando todo ese humo de goma quemada. ¿Dónde está el moisés, por qué no lo veo? --Marisa se levanta de un salto. Avanza a tientas por la habitación en penumbras hasta descubrir en un rincón el contorno del moisés. Exhala el aire contenido. Se acerca y acaricia las sábanas. Escucha de golpe el gorjeo suave de Lucía. La beba acaba de despertarse. Debe tener hambre, piensa la madre.

– A la mierda hay que irse –confirma Eduardo, meneando la cabeza, y cierra de un golpe la ventana.

 

Capítulo II

Desde su cocina, Marisa escucha la armónica quejosa del afilador: tururí, tururá. Inmediatamente después, la voz del pibe: afiladooorrr, cuchiiiillos, tijeeeras, sieeerras, afiladoooorrr. Y la armónica de nuevo, con ese chillido inconfundible –tururí, tururá, tururí, tururá– que se va apagando lentamente, a medida que el pibe y su bicicleta se alejan, barrio adentro. ¿Habrá afiladores allá? Con ese clima, dudoso.

Algo es seguro, sin embargo: desde que llegaron los papeles de Estados Unidos, en un sobre de cartón blanco satinado, del correo Fedex, Eduardo es otra persona. Conversador, tranquilo, casi alegre. Hasta de cortarse el pelo se venía olvidando. Mejor, piensa Marisa, antes con la cabeza rapada parecía un cana. En cambio ahora, con el pelo y la barba crecidos, ondulados, medio pelirrojos, medio rubios, tiene el aspecto de un cachorro de león, tibio y cariñoso. Desde que llegó el sobre de Fedex ya no discuten, ni por el futuro de sus vidas ni por la crianza de Lucía ni por la marca de margarina que conviene consumir. La casa se ve más luminosa y cómoda. Hasta las manchas de humedad de las paredes parecen haberse achicado. Con las visas aprobadas, el contrato de trabajo firmado, la promesa de un sueldo gordísimo y una nueva vida en aquel lugar llamado Houghton, algo se había restaurado entre ellos.

Hoy, jueves 3 de noviembre de 2001, faltan exactamente siete semanas para la partida, piensa Marisa, y siente de golpe un ramalazo de congoja.

Son las doce. El almuerzo es inminente. Como todos los mediodías, el edificio se llena de olor a comida, se escuchan ruidos de cubiertos y cacerolas, hay más gente que sube y baja de los ascensores. Marisa acaba de comprarles a las bolivianas de la otra cuadra unas frutillas enormes, de un rojo inverosímil. Parecen pintadas a mano. Las lava. Las pone en un bol blanco y se queda mirándolas. Le encantan las frutillas. Más que el sabor, le gustan esas semillas minúsculas que salpican las caras rojas y la coronita de hojas verdes arriba. Frutillas seguro que hay en Houghton. Estuvo a punto de comprar un bidón enorme de aceite de oliva –en realidad, había bajado para comprar el aceite– pero luego pensó que en siete semanas sería poco lo que consumirían y era una pena comprar semejante bidón para usar sólo una parte. Con lo caros que están.

La plata es mucha, piensa, mientras muerde la parte más blanda de la frutilla más roja. El jugo se expande dentro de su boca. Mucha guita, vida sana, un campus enorme con bibliotecas infinitas, rodeado de bosques y de lagos. Todo eso había mencionado Eduardo el día de Fedex. Que se iban a olvidar de los piquetes, de las gomas quemadas, de los paros y de los corralitos. No más angustia de si llegaban o no a fin de mes, de si subían las expensas o los asaltaban en la esquina. Además, ellos como padres tenían que pensar en la nena, ¿qué futuro le esperaba a la pobre Lucía en Avellaneda?, le había rematado Eduardo, más como una sentencia que como una pregunta.

La nena duerme al alcance de su mano, recostada en el cochecito, los brazos y las piernas abiertas, los labios brillantes, la boca dejando exhalar un ronquido suave. Marisa se acerca el bol para no chorrearse sobre la ropa y, mientras come otra frutilla, levanta la tapa de su computadora. Se mete en internet. Guglea: Houghton, Michigan, Estados Unidos. Para su sorpresa, no se encuentra con ochocientos sitios diferentes sino tan sólo con dos: uno de Wikipedia y otro de la oficina de turismo de Houghton, con el texto en varios idiomas. Empieza a leer:

Houghton es una pequeña ciudad ubicada en la parte peninsular del estado de Michigan. Dentro de esta península, que se conoce con el nombre de Upper Peninsula (UP) –en inglés se lee ―Iu Pí‖, piensa Marisa–, Houghton está en la punta norte, a orillas del Lago Superior, en la frontera con Canadá. Sus primeros pobladores, los indios chipewas, la llamaron ―Ho-town‖ o ―Ho-ton‖, que en lengua indígena significa ―ciudad de la nieve‖, y de donde derivó la palabra Houghton.

―Houghton: Jotón‖ pronuncia Marisa en voz alta, y se queda tildada. ¿Indios chipewas? Muerde otra frutilla, dos hilos de jugo rojo le chorrean por las comisuras, alargándole los labios hacia abajo, como si hiciera puchero. Nunca en su vida ha escuchado hablar de los indios chipewas. Gracias que se acuerda de los comechingones que mencionaba su libro de cuarto grado. Ni sabe dónde queda el estado de Michigan ni el Lago Superior ni mucho menos la Iupí. Sigue leyendo, salteado, mientras manotea otra frutilla. El sitio menciona algunos lugares que vale la pena visitar en Jotón: Lake Liinden, Town of Baaraganinen, Juntuunen Restaurant, Palosaarinen Saloon, Kinkatiinen Bar‖. Marisa relee la lista de lugares. Es la primera vez que ve palabras así, con vocales dobles y terminadas en ―-nen‖ y se pregunta si serán chipewas. Sigue leyendo:

En la UP pueden practicarse deportes de lo más variados: el motociclismo de nieve, el esquí de alta montaña, el esquí cross-country, el hockey sobre hielo, el patín sobre hielo, la pesca en los lagos congelados, el ―snow-shoeing‖, el trineo con perros siberianos.

¿Todos deportes de nieve? piensa. ―Ho-Town‖ pronuncia, imaginándose chipewa. Unas líneas más abajo, la descripción del clima:

Por un fenómeno meteorológico llamado ―lake effect‖, es decir, la cercanía a la inmensa masa de agua que es el Lago Superior, la UP tiene las nevadas más intensas de todo Estados Unidos. Nieva de noviembre a mayo. Según un chiste de los uppers, en Houghton hay dos estaciones al año: ―winter here and winter coming‖. Las temperaturas promedio oscilan entre los 10 y los 20 grados bajo cero y, en los días más fríos, se han registrado -30 grados.

Casi instintivamente, Marisa se frota los brazos. En cambio acá, piensa, es un día soleado y hace veinte grados. La ventana está abierta y observa la calle: chicos saliendo del colegio, algunas señoras con sus changuitos rebosantes de verduras o sus pequineses histéricos, más allá, sobre la avenida, obreros preparándose un asadito entre tablones y bolsas de arena y el jubilado de los parquímetros que no le saca la vista de encima a los autos estacionados. Unos cuantos arrancan y se van sin darle propina y el viejo los corre media cuadra, sacudiendo su trapito amarillo, los putea con su jerga de boca desdentada. Sinvergüenza, atorrante, ya vas a ver cuando te agarre. En la esquina, el diarero cierra su quiosco, da una patada seca en cada una de las chapas verdes y ese gran ropero metálico parece plegarse sobre sí mismo, queda sellado y libre de intemperie hasta después de la siesta. Otras persianas metálicas de otros negocios empiezan también a cerrarse. De una a cinco duermen todos en Avellaneda. Pero son recién las doce y hay un estallido de gente y de ruidos. ¿Harán siesta en Houghton? piensa Marisa ¿Habrá quioscos de diarios?

Sigue leyendo:

Houghton es el lugar ideal para los amantes de los deportes de invierno. Y también para los artistas: se pueden hacer esculturas de hielo, pintar acuarelas o sacar fotografías a los hermosos paisajes nevados.

Allí termina la página de introducción a Jotón. Marisa nunca armó un muñeco de nieve, pero se imagina que podría hacerlo, con unos buenos guantes y un poco de voluntad: habría que poner una gran pelota de nieve abajo y una más chica arriba. ¿Le gustaría la nieve a Lucía? En el ángulo derecho, el sitio web tiene un link titulado ―Población‖. Marisa clikea:

Sólo 40.000 personas habitan en la punta norte de la Upper Peninsula (UP), donde se encuentra la encantadora ciudad de Houghton. Estos habitantes son conocidos como ―uppers‖ (iupers) y residen en la UP desde hace sólo una o dos generaciones. En su mayoría, son descendientes de los escandinavos que llegaron a Houghton a principios del siglo XX para trabajar en las minas del cobre. Hoy en día se dedican principalmente a la agricultura y al turismo, dado que los yacimientos mineros que dieron origen al pueblo se han extinguido.

¿Cómo serán los iupers? ¿Sólo 40.000? ¿Cuántos habitantes hay en el conurbano bonaerense? Mucho más que en Jotón. Marisa se acuerda del tumulto que es la plaza de Avellaneda los domingos a la tarde, sobre todo cuando empieza el calorcito, se arma la feria y traen esos ponis rechonchos para alquilarles a los chicos. Lucía no va a poder andar en ponny en el parque, ¿habrá ponnies de alquiler en Jotón? O quizás tienen trineos de perros siberianos.

Los uppers son gente amable, de espíritu emprendedor y gustos sencillos. Hablan Finish English, una variedad del inglés influida por el finlandés.

Ellos amables también son, piensa Marisa, hasta la beba es amable, y de espíritu emprendedor ni hablar, especialmente Eduardo. Lo de gustos sencillos cree que también sería un punto en común con los iupers. ¿Cómo será el inglés influido por el finlandés? A ella en principio eso de ―Finish English‖ no le gusta, le suena a algo terminal. ¿Hay algo terminal en el irse? No, tiene que evitar la melancolía telúrica, como dice Eduardo. Todo el futuro está por delante.

La UP es la ciudad estadounidense en donde se originó el partido republicano llamado Tea Party. Otro motivo de orgullo de los uppers son sus familias numerosas (por lo general, cinco o seis hijos) y la conservación de sus costumbres puritanas.

Familias numerosas sí, ellos también, sobre todo si cuenta a sus padres, a sus suegros, hermanos, tíos, primos, cuñados. Respecto de las costumbres, no está tan segura. ¿Qué costumbres tienen ellos? Puritanas no. ¿Qué es conservar con orgullo las costumbres? Se acuerda de los actos escolares, de cuando le pintaban la cara con corcho para el 25 de mayo –empanaaadas, empanadiiitas calieeenteees, tenía que anunciar– y luego les hacían bailar el pericón y la chacarera. ¿Qué va a responder cuando los iupers le pregunten si ella conserva sus costumbres con orgullo?

Los pasatiempos predilectos de los uppers son la pesca del salmón y la caza de ciervos, osos y gacelas en los bosques de la zona.

El 97 por ciento de la población de Houghton es blanca, caucásica, – ―coqueishan‖ se pronuncia en inglés, piensa Marisa, recordando sus pocas clases de inglés–, el 0,7 es latina, el 0,3 es china, el restante 2 por ciento, de razas diversas.

Y luego, la frase que da cierre al texto de la web y deja a Marisa suspendida, en estado de incógnita: Gracias al último censo, podemos afirmar que Houghton es la ciudad con menor proporción de latinos en todo el extenso territorio de los Estados Unidos de América.

Marisa cierra la tapa de su laptop y se concentra en comerse las cuatro frutillas que quedan. Se ha guardado las más rojas para el final. Trata de imaginarse cómo sería Jotón. Le vuelve a la mente aquello de los pasatiempos: ¿qué será más difícil de cazar: un ciervo, una gacela o un oso? En cualquier caso, ella ya está grande para eso. A duras penas había pescado en la infancia alguna que otra mojarrita en los lagos de Palermo. Pero seguro Lucía podría aprender y entonces comerían gacelas en familia. Aunque la familia fuera a ser sólo de tres. ¿Y qué harían con tanta gacela? ¿Frizarla? ¿Podrían ir de visita sus parientes? ¿Con cuánta frecuencia los va a ver? De eso no han hablado todavía con Eduardo.

A lo lejos, se escucha la armónica quejosa del afilador: tururí, tururá. Inmediatamente después, la voz del pibe: afiladooorrr, cuchiiiillos, tijeeeras, sieeerras, afiladoooorrr. Y la armónica de nuevo, con ese chillido inconfundible –tururí, tururá, tururí, tururá– que va aumentando, a medida que el pibe y su bicicleta se acercan, desde barrio adentro. Marisa abre la ventana de par en par y se queda un instante así, en cruz, con los brazos extendidos y la cabeza gacha. Está mirando la calle y deja que el sol del mediodía le entibie la cara. Cuando lleguen a Jotón va a ser invierno. Respira hondo y retiene el aire, luego exhala despacio. Inhala otra vez y retiene el aire, tres, cuatro, cinco segundos, exhala. Hiperventilación, se acuerda que alguna vez escuchó esa palabra, probablemente en la tele, en algún programa de rescate. Antes de sumergirse en las profundidades, es aconsejable hiperventilarse. Cinco, cuatro, tres segundos.

 

Capítulo III

Acaban de empezar su tercer y último vuelo antes de llegar a Jotón. Estarán a bordo de ese pequeño y ruidoso avión que funciona a hélice –un Jetstream 41, le explica Eduardo a Marisa– sólo cuarenta minutos.

Junto a ellos, una azafata acomoda bolsos y mochilas dentro del compartimento que está arriba de sus asientos. Es altísima, piensa Marisa observándola maniobrar los bultos, el rodete casi torcido para no golpearse contra el techo. Tiene una cara romboidal: pómulos altos, mentón pequeño, ojos rasgados y frente ancha. Es una especie de china rubia. Mientras acomoda el equipaje, la azafata conversa con el piloto, parado unos metros más adelante. Hablan del clima. Oh, yes, indeed, extremely cold, dice ella, cerrando decidida el compartimento. Today we have the lowest temperatures in the entire Penninsula, concluye el piloto. Ambos ríen. No hay preocupación ni sentido de alerta en esa conversación, de hecho el piloto pronunció ―lowest‖ con tono cantarín y la palabra ha quedado flotando unos instantes en el aire compacto del avión. Hablan casi con jactancia, con el orgullo de quien se sabe extremo, único en algo.

Marisa nota que el piloto también tiene ojos azules y achinados. En realidad, casi todos los que están arriba de ese avión --comprueba poniéndose de pie y haciendo un paneo nada disimulado-- tienen algo de chinos rubios. Ella nunca ha visto una cosa así y se la comenta a Eduardo: ¡qué raros!, ¿no?, ¿vos viste?

—Es que son lapones —le aclara su marido— Son verdaderamente hermosos… ¿Viste la muñeca Barbie? Está inspirada en esta raza —agrega, mirando con fascinación a su alrededor. Además son gente muy colorida, agrega él: pómulos enrojecidos, ojos azules y pelo muy amarillo. Y encima se visten con buzos y joggings llamativos.

Marisa, de pelo castaño, con su gamulán marrón y sus vaqueros negros, se ve opaca. Lo mismo su marido, con ese saco de corderoy verde y ojos marrones. Su libro, ajado y de tapa blanda, también luce antiguo comparado con las tables y los Kindles que usan ellos para leer. La extranjería se les nota enseguida, piensa ella, como si fueran una foto en sepia del siglo diecinueve.

La nena duerme plácidamente a upa de Marisa, los pies pegados a la ventanilla, la cabeza recostada sobre el pecho materno. Un hilo de baba moja la camisa de la madre, pero a esta altura la higiene ya no importa. Hace casi veinticuatro horas que están viajando y lo único que quiere Marisa es llegar y bañarse.

Eduardo, en cambio, no parece cansado. En este vuelo ni siquiera ha reclinado su butaca. Desde su asiento junto al pasillo y con la espalda muy derecha, otea alternadamente por la ventanilla de Marisa y hacia el fondo del avión, donde está la puerta de salida. Es natural que esté ansioso por llegar, piensa ella, sobre todo porque quien los espera en el aeropuerto es Jeff, un físico jotonés que se ofreció amablemente a recogerlos en el aeropuerto. En los últimos días, Eduardo ha intercambiado con él amabilísimos mails llenos de signos de exclamación –Looking forward to seeing you soon! Great idea! Best wishes!–. Ha visto varias veces su página web –incluso ha leído los papers que Jeff tiene posteados en internet– como para tener algo de qué hablar durante el tramo en auto hasta la nueva casa.

Faltan veinte minutos para el aterrizaje y el piloto, un tal Mr. Vaikeenen, anuncia que debajo de ellos puede observarse el congelado Lake Superior. Marisa mira por su ventanilla y ve, allí debajo, como la espalda de un inmenso animal hibernando, la mancha blanca que es el lago congelado. Pero no es una espalda lisa: está salpicada aquí y allá de pequeños lunares turquesas que, lentos y solemnes, se desplazan hacia el borde. Parecen bloques de hielo. Our Lake Superior, home of magnificent ice-blocks, anuncia Vaikeenen. Aunque la estación típica de colisiones de los bloques es la primavera, si se quedan mirando por las ventanillas y tienen suerte, dice Vaikeenen, quizás lleguen a ver el derrumbe de alguna masa grande de hielo, aunque claro que desde allí arriba no podrán escuchar el ruido del choque, something really astonishing, comenta con petulancia. En realidad, dice el piloto, entusiasmado con su propia explicación, no siempre que dos bloques chocan se rompen en el acto. Por lo general, para llegar a romperse las masas de hielo tienen que haber recibido varios choques anteriores o, at least, tienen que haber sido ablandados por los rayos del sol, something that never occurs up here in the UP, concluye jactancioso, como si vivir en ese clima tan frío fuera una proeza personal. Se escucha un murmullo de risa a lo largo del avión. Al menos se toman el clima con humor, piensa Marisa y abraza fuerte a Lucía como si la explicación de Vaikaneen le hubiera dado frío. Eduardo, en cambio, levanta las cejas canchero y, con una sonrisa torcida, repite expectante ―ice-blocks‖. Parece a punto de reencontrarse con un viejo amigo.

 

Por fin aterrizan. La gente se para. Hay ruido de cinturones de seguridad, clack, click, clack, compartimientos abriéndose y cerrándose, portafolios y manijas metálicas que se extienden, cierres de mochilas y camperas, shiffff, gente que se apresta a bajar, please, thank you, I´m sorry, you first. Lucía, ahora en brazos de Eduardo, bosteza molesta y la mira a la madre con reproche. Marisa está empecinada en alechugarse bien la bufanda de lana para que todo ese aire polar de los ice blocks no le penetre en el cuello.

—¡Dale Marisa! —le grita Eduardo, que se ha adelantado unos metros por el pasillo y la observa con fastidio. Detrás de ella hay una fila de jotoneses, los que venían sentados en los últimos asientos, esperando cortésmente a que Marisa salga de su butaca y avance por el pasillo del avión. Eduardo le hace un gesto con la mandíbula que, Marisa sabe, significa ―mirá toda la gente demorada por tu culpa‖.

—Take your time, honey —le dice detrás de ella una anciana muy delgada de dientes protuberantes. Es una jotonesa típica: una especie de china rubia con ojos celestes.

Marisa termina de abrocharse el gamulán y avanza rápido para no seguir atorando la fila, aunque a cada paso que da querría volver a su asiento porque cree que acaba de olvidarse la mamadera de Lucía arriba de la butaca. Pero es muy estrecho el pasillo como para retroceder sin molestar a todos los jotoneses que caminan diligentes detrás de ella. Le da pena porque esa mamadera, aunque salga dos mangos, como le dirá Eduardo, fue el primer regalo que le hicieron para su hija. Se la trajo su tía el viernes aquel de lluvia torrencial en que se enteró de que esperaba una nena, recuerda mientras avanza hacia la salida. Es una mamadera transparente con una jirafa rosa dibujada en el centro. Siente por esa mamadera a strong personal attachment, piensa que le dirá a la azafata achinada cuando tenga que volver al avión en busca del querido recipiente plástico. Eso hará. La idea la tranquiliza: terminará de salir de ese estrecho pasillo, se parará en la manga y, antes de meterse en el aeropuerto propiamente dicho, entrará de nuevo al avión a recuperar la mamadera.

Eduardo ya está parado frente a la cinta de recolección del equipaje. Con la nena en un brazo y el porta-documentos bajo el otro, maniobra trabajosamente intentando encontrar una carpeta dentro de la mochila que carga en la espalda. Allí, entre otros papeles importantes, está el curriculum de Jeff. No tiene las manos libres como para sacarse la mochila, apoyarla en el piso y buscar tranquilo (que es lo que haría si no estuviese cargando a su hija). En ese momento aparece la anciana de dientes protuberantes, que lo mira sonriente y avanza hacia él con una leve renguera. Lleva unas zapatillas turquesas que parecen enormes en comparación con sus piernas, delgadísimas como patas de tero, enfundadas en calzas negras.

–Do you need any help, honey? –le pregunta, con un inglés que a Eduardo le parece el más perfecto y cordial que jamás haya escuchado en su vida.

–Yes, thank you –contesta él, complacido y, sin más, deposita a Lucía sobre el pecho de la anciana. La nena llora, patalea y le dedica al padre un puchero tan marcado que a ellos les da risa.

–How cute! –dicen aquellos dientes protuberantes con una amabilidad total.

–Thank you –responde Eduardo, mientras busca en su mochila aquel papel. Quiere repasar los títulos de las publicaciones de Jeff para poder recitárselos todos de un saque y así impresionarlo. Según se fijó en el Google maps, el viaje en auto desde el aeropuerto hasta la casa nueva es de media hora. Es importante, como primera impresión, hablar derecho viejo de ciencia. I´m a fanatic scientist, es la frase que Eduardo ha estado repasando frente al espejo de los baños de los tres aviones y que planea decirle a su colega jotonés en los primeros minutos de conversación.

Marisa finalmente aparece. Seria y agitada, se acerca al grupo de pasajeros que esperan el equipaje frente a la cinta giratoria. Sabe que su marido le va a reprochar su tardanza. Ella se ha demorado tanto, le va a responder, porque él, muy preocupado por la ciencia, se había olvidado la única mamadera que tienen de la única hija que tienen en la única vida que tienen en el fáquin bolsillo delantero del asiento. Pero en cuanto se acerca, siente un golpe de pánico: su hija está en brazos de una desconocida y llorando a cántaros. Eduardo no está y aquella anciana zarandea a la nena dando saltitos rítmicos para calmarla. Marisa se desespera. Desde ahí, no llega a ver a Eduardo, que sigue agachado hurgando en su mochila mientras repite en voz baja y como para sí mismo, Fluid Dynamics on Thermostats, Fluids and Mechanical Dynamics, Mechanical of Fluids Interaction.

–Here is mommyyyyy!! Iuuuhhuu –dice la anciana con voz tembleque y sin dejar de dar saltitos.

Lucía grita y llora con lágrimas de reproche que le llegan hasta los pliegues de su cuello regordete, estira los brazos hacia su madre –que todavía está a unos metros– luego mira aquellos dientes con despecho y exhala un estertor de llanto. Eduardo –rodeado de buzos,

libros, tapers, pañales, todo el contenido de la mochila desperdigado a su alrededor– se yergue triunfal desde el piso agitando el bendito papel con los títulos de los papers de Jeff. ¡Por fin lo ha encontrado! La hoja flamea en su mano derecha como la bandera de un territorio conquistado. En ese momento Marisa los alcanza, ataja a su hija en un brazo, y en el otro sostiene en alto la mamadera rescatada. Ante la mirada fastidiada de Lucía y el desconcierto de la jotonesa, la mamadera y el papel se chocan un instante en el aire helado del aeropuerto de Jotón. Pero no llegan a romperse. Como los bloques de hielo, hacen falta varias colisiones antes del derrumbe final.

Capítulo IV

―The house is new and very comfortable‖, les anuncia Jeff con su acento enrevesado y su voz casi inaudible. Está en un barrio nuevo, arriba de una colina: on top of a hill, aclara y al terminar la frase enrojece como si hubiera dicho algo subido de tono. Jeff Anderson es un hombre de unos cuarenta años, rubio de ojos azules, con una cara adolescente llena de acné y cuerpo delgado, alto y torcido como un junco de zona ventosa.

El auto avanza por un camino rodeado de pinos. Faltan cinco minutos para llegar. Ha sido un viaje mucho más corto de lo que anticipaba el Google maps porque Jeff maneja muy bien, piensa Eduardo. Marisa, en cambio, cree que ha sido la timidez de Jeff, su incomodidad ante el entusiasmo casi acosador de Eduardo, lo que lo ha hecho manejar rápido para abreviar así aquella embarazing situation. Cuantos más títulos de papers de Jeff recitaba Eduardo, mayor velocidad tomaba la cuatro por cuatro sobre el camino helado. Pero el marido no se percata de esto que a su esposa le parece obvio. Marisa lo codea y le hace un gesto con la mandíbula que, Eduardo lo sabe, significa ―callate un poco la boca‖.

–Here we are, guys –dice finalmente Jeff, la cara colorada de vergüenza.

En la entrada del barrio se ve un opulento cartel celeste: ―Wood Haven‖. ―Paraíso de madera‖, le susurra Eduardo señalando el cartel. Marisa, también susurrando, lo corrige: paraíso se escribe ―heaven‖ y ―woods‖ en plural no es madera sino bosque. Además ―Haven‖ se pronuncia ―jeiven‖ y significa ―refugio‖, le aclara con didáctico sarcasmo. El caradura nunca tomó clases de inglés, piensa irritada. A Eduardo le revienta la explicación de su

 

esposa y lo incomoda que Jeff los escuche hablar en castellano y se sienta excluido. Las ocho o diez cuadras que quedan las viajan en silencio, Eduardo mirando por la ventanilla, Marisa contemplando a Lucía, que duerme sobre su falda. Cuando bajan del auto, Eduardo hace algo que su esposa recordará toda la vida: abre los brazos como si estuviera desperezándose, respira hondo sin hacer caso del frío y, mirando el paisaje, proclama: ―Siento que estuve acá toda la vida‖. Luego, le traduce al desconcertado Jeff: ―I feel I have been here my entire life‖.

Jeff los ayuda a bajar las valijas y los despide con un apretón de manos en el porch de su nueva casa. Marisa atina a darle un beso y la cara del hombre se enciende al rojo vivo. Serio y demudado, da media vuelta, se sube al auto y arranca. Parados en la puerta de su nueva casa, ellos ven cómo el auto se aleja por la acera nevada con una velocidad mucho menor ahora que a la ida, tomando cada curva con suavidad, sin apuro.

Por dentro, la casa no es ni linda ni fea. Es completamente de madera y está pintada de beige. Se compone de dos plantas y cuatro habitaciones. Parece una casa gigante de Playmovil, piensa Marisa haciendo un paneo. Los pisos son de un mosaico rosado que, en realidad, es falsa cerámica. Tiene una deck de madera barnizada que, en realidad, es una terraza. En el living hay una chimenea con molduras arabescas que, en realidad, es una estufa eléctrica. Lo último que descubren, en el fondo de la casa, es el garage que, efectivamente, es un garage