Los pibes (cuento) - Nicolás Chiesa

Los Pibes

 

(Tiempo de lectura: 20 paradas)

 

 

Este punto ciego en el que Damián no es padre ni marido ni jefe se fue convirtiendo en lo mejor del día. Mira el celular y deja sin abrir un mensaje de Julieta. La vista previa le alcanza para saber que es la misma pregunta de siempre: Dónde estás? Guarda el aparato. Martina, lleva enferma tres semanas y eso congestiona la relación con Julieta. Padre y marido no sería hasta que llegase a casa. Jefe acababa de ser por algunas horas y tal vez resulte una exageración el término. En realidad, Damián sabe que solo supervisa versiones pasadas de sí mismo, gente más joven que hace lo que él hacía antes.

 

Cuando Martina no está enferma y él está bien con Julieta, el trabajo es sólo contexto. Pero cuando no, es la muerte. Todo una mierda. Excepto acá, en el colectivo, rodeado de un exceso de gente igual de sudorosa y a disgusto consigo misma que él. Ni siquiera tiene que esforzarse por mantenerse de pie, la presión de la masa lo sostiene. Encuentra liberadora, incluso, la seguridad de saber que no va sentarse en todo el viaje. Hace algunos días dejó de escuchar música en el trayecto, porque se le pasa demasiado rápido. Él quiere saborearlo. Ahora se divierte tratando de adivinar quién será el próximo en bajarse. Mientras se encuentra abstraído en el juego, siente una presencia que se destaca del resto y comete el error de levantar la cabeza. Percibe que un tipo le sonríe con familiaridad y agita la mano. Entiende que ese alguien intenta arrebatarle su jardín zen. Cierra los ojos y se insulta en voz baja. Al volver a abrirlos, la amenaza ya no está a la vista. Se dice que eso es peor, ve que la gente se abre como las espigas de un campo ante el avance de un depredador. Cuando el atacante está a la altura del timbre sucede el milagro: la señora mayor que está frente a Damián, última en el juego mental de quién se bajará primero, rompe los pronósticos y se levanta. Sale por la derecha en cámara lenta y le deja el asiento a merced. Damián se abalanza y lo toma con un movimiento brusco, saca rápido del bolsillo los auriculares, se los pone y desea con todo su ser haber eludido al enemigo de su tranquilidad.

¡Eh! ¡Soy yo, Camilo!

Una mano en el hombro lo obliga a girar y a encontrarse con la cara desconocida que acaba de escupir tres exclamaciones y va por una cuarta y una quinta.

¡¡Soy yo!! ¡¡Camilo!!

El recién llegado se señala a sí mismo. Damián finge no escuchar ni entender lo que pasa y tampoco tiene pensado levantarse, pretende usar la descortesía como danza de guerra para ahuyentar al predador. No funciona. Del otro lado le dedican una sonrisa  amistosa y un abrazo incómodo. 

Disculpá, me parece que me confundís. No te conozco.

Responde seco y sin sacarse los auriculares. En parte porque no quiere que le rompan las pelotas y en parte porque honestamente no es capaz de reconocer al hombre que le sigue hablando.

No, sí estás igual, vos sos el que estaba todo el día con la remera de los Stones, en el quiosco de los pibes, en Palermo. 

Damián piensa al instante dónde habrá quedado su remera de los Stones, pero no dice nada. Pregunta:

¿Cómo?

Continúa la táctica evasiva. Frunce el ceño mientras señala los auriculares que lleva puestos, como si no pudiese escuchar bien lo que le está diciendo Camilo. El recién llegado lo observa y baja los ojos siguiendo los cables que salen de los oídos de Damián, y se juntan en su pecho para formar uno solo que baja recto y cuelga, sin conectar, con la punta metálica rozando el piso. Damián sigue los ojos de Camilo, entiende la situación y depone armas. Se saca los auriculares y recoge el cable como si no fuera nada importante. Repite la pregunta:

¿Cómo?

Sí, vos estabas todo el día con el Cabeza. Yo soy el hermano más chico del Negro.

El Cabezón, no el Cabeza.

Lo corrige y termina de entregarse a las circunstancias. Cree recordar haber visto la remera de los Stones en la última mudanza. Decide que la buscará cuando llegue a su casa.  

Bueno, el Cabezón. Yo era más chico, los miraba de lejos. Me parecían unos capos.

¿Del Negro decís que sos hermano?

Sí, él siempre los recuerda con cariño.

Al Cabezón y a mí no creo, no terminamos muy bien con el Negro.

¿Qué decís? Cada tanto los nombra y siempre con afecto.

Nosotros terminamos medio peleados porque la novia del Cabezón antes había estado con el Negro. Y dejamos de juntarnos con él. El Cabezón se la juró.

Jajaja, no sabía. El Cabezón era bravo. Pero puede ser, era difícil encontrar una mina que no hubiera estado con mi hermano en esa época. 

Asombrado, Damián se da cuenta en ese instante de que también le resulta agradable hablar y escuchar sobre sus amigos y el lugar donde se juntaban. La esquina había sido el punto ciego donde no era hijo ni estudiante ni telemarketer. Ahí siempre alguien lo esperaba con una cerveza fresca, un porro o una dosis de conversación trivial. Por el quiosco habían circulado todo tipo de personajes, que ahora empezaban a desfilar por su memoria. Le vibra el celular y la visión previa le repite lo mismo que desde hace una semana. Los signos de pregunta ahora son de exclamación Dónde estás!!, y Damián vuelve a la esquina en su mente.

¿Y en qué anda tu hermano?

Si se entera que estoy hablando con vos se muere. El Negro sigue igual que siempre, pero como nunca te lo hubieras imaginado. Labura de vendedor en una concesionaria: traje, corbata y portafolio.

Entonces, se produce un segundo milagro estadístico, el asiento de al lado de Damián se libera, el hombre que lo ocupa también rankeaba mal en el juego de los próximos en bajarse. Camilo se sienta y ahora quedan ambos a la misma altura. Desde este nuevo punto de vista, a Damián le parece que encuentra en Camilo algunos rasgos familiares aunque no pueda precisar cuáles ni a qué personaje del pasado pertenecen. Los más chicos eran un grupo aparte, la esquina tenía sus castas y las de arriba ignoraban a las de abajo.

Al otro que seguí viendo es al Gordo, porque cuando ustedes se fueron él quedó parando en la esquina. Cada tanto me lo cruzo, vive en la pensión con el viejo.

El Gooorrrdooo!!! Qué hijo de puta, qué máquina de chupar. 

Sí, una bestia. Todavía si pasás, seguro lo ves con una Quilmes en la mano. Está amurado al piso, el hijo de puta.

¿Sabías que la mamá era puta de verdad?

Nahhh, no te la puedo creer. A mi me dijo que laburaba de cajera en un supermercado.

Te habrá chamuyado, le daba vergüenza. Por eso si le decías hijo de puta por cualquier boludez se calentaba y se iba a las manos.

Nahhhh, qué limado.

¿Te acordás del verano de las Quilmes de litro en promoción por 1$?

Sehhhhhhh, terrible y el paraguayo prensado también a un peso el gramo. Te comprabas un veinticinco, por veinticinco pesos. Alto verano menemista.

Qué bueno. La Quilmes helada por un peso, por Dios.

Y vos ¿a qué te dedicás ahora?

Soy redactor. Escribo para una revista. Bah, ya no escribo tanto. Ahora superviso a un grupo de redactores ¿vos?

Yo sigo estudiando, para actuario. No sé si te acordás pero me boludeaban con Calculín, porque era bueno con los números. Mientras termino la facu, laburo en un quiosco. Pero no en el nuestro, ¿eh? 

¿Actuario? A la mierda, che. 

Sabés que cuando se juntan pibes a escabiar y yo estoy laburando, siempre me acuerdo de mis amigos, de mi hermano y de ustedes, los pibes: ahí en la esquina.

 

La nostalgia lubrica los engranajes de Damián que acaba de conseguir algo mejor que su jardín zen, el jardín zen de su juventud. Empiezan a batallarse con anécdotas del barrio. No compartieron la misma época, pero las historias son todas similares y se reconocen en situaciones. Damián le cuenta a Camilo que el Gordo una vez se aspiró una raya de jugo Tang por una apuesta y los dos se ríen mientras se rascan la nariz como si lo hubieran hecho ellos. Cuando se ríen desentonan con el clima uraño del resto del colectivo.

Camilo trae a la charla al Moneda. Le decían así porque siempre estaba pidiendo plata. Olía como si viviese en la calle y probablemente lo hacía. El que hablaba mucho y se le entendía muy poco, le dice Camilo, mientras imita cómo el Moneda arrastraba las erres con una cadencia despatarrada, como los nenes cuando se lastiman y le intentan explicar llorando a sus madres qué fue lo que pasó. Damián se ríe y justifica no recordarlo citando la frase: El que recuerda los 90´ es porque realmente no los vivió.

Camilo mira por la ventanilla y anuncia que se baja en la próxima parada. Le pregunta a Damián si no quiere pasar a tomar una birra, que el hermano va a caer en un rato y se muere si lo ve. A Damián le parece un exceso de confianza. Con el Negro no está peleado a muerte, pero tampoco quedaron amigos. Además, tiene que volver a la casa a cuidar a Martina, así Julieta puede descansar. El teléfono le vibra en el bolsillo y sin sacarlo responde:

Dale, de una. Una birra me tomo.

Damián se pone de pie y los auriculares, que siguen desconectados, se caen al piso desde su bolsillo. Los recoge rápido, con algo de vergüenza. Camilo lo ve y deja escapar una sonrisa. Todos alguna vez son el que no quiere cruzarse con un conocido. Abandonan los asientos y comienzan a abrirse paso por entre la gente hasta llegar al timbre.

 

Cuando se bajan y caminan por el barrio poco iluminado se acentúa la memoria emotiva de Damián. Estar vagueando por la calle en busca de una fresca, con un pibe que paraba en el quiosco, le parece surrealista. A cada paso evoca una historia de su pasado. Empieza a contarle a Camilo de una vez que, saliendo de un boliche, el Cabezón se agarró a trompadas con dos rugbiers que le dijeron villero por su chomba sin marca y sus bermudas anchas. Caminan cuatro cuadras rectas y después doblan a la derecha. A veinte metros, Camilo se mete en la entrada de un edificio mientras aún se ríe de la imagen de los dos rugbiers corriendo por la avenida Santa Fe, mientras les estallan a los lados las botellas vacías que el Cabezón les iba tirando al grito de: Hacé un escraun con ésta, pelotudo. Damián completa la historia agregando que, por la calentura, el Cabezón terminó agarrándose a trompadas con un pibe que no tenía nada que ver, y le reconoce a Camilo que el Cabezón era bravo.  Él le responde que ésa no la sabía.

Entran al departamento pequeño y desordenado. Camilo va directo a la cocina. Abre dos latas de cerveza importada mientras comenta que son importadas. Dice que las tiene en la heladera para momentos especiales. Damián y Camilo levantan las latas y brindan por el quiosco de la esquina, por el Negro y por los pibes. Al mencionar al Negro, Camilo levanta la lata en el aire, como haciendo un brindis en dirección a la foto de un hombre con un bebé en brazos. Damián le da un trago largo a la cerveza antes de poder hilvanar el recuerdo con su pensamiento racional. Con un movimiento lento baja la lata y le pregunta a Camilo quién es el de la foto.

El Negro con el hijo. ¿Te conté que me hizo padrino? Cuando nos vea tomando una birra, se cae de ojete. 

A Damián le corre por la espalda un escalofrío que cobra forma física cuando el celular vuelve a vibrarle en el bolsillo. 

Ése no es el Negro.

Ja. Todos estamos un poco hechos mierda. Pero tampoco para tanto...

No, pero no es el Negro de MI esquina. 

¿Cómo que no? Te digo que sí ¿ya te pegó la birra?

¿Vos parabas en el quiosco de Malabia y Arenales?

¿Sos joda? Yo te estoy hablando del kiosco de Tito, el de Plaza Armenia.

Los dos se quedan en silencio un buen rato, mientras se calientan las cervezas importadas para ocasiones especiales y ellos procesan la información con cierta incomodidad. Damián comienza a preguntarse si no habrá muchas esquinas con sus pibes con remeras de los Stones, sus Cabezones que se cagan a trompadas, sus gordos bebedores de cerveza, sus Negros, sus apuestas idiotas; historias similares. Camilo tiene los ojos fijos hacia arriba y hace unos pestañeos incompletos y rápidos, como si estuviera abstraído calculando cuáles eran las posibilidades.

Pero las peleas, la birra, el porro, los pibes... No puede ser...

¿Qué se yo? Es posible, raro pero posible. 

La sentencia le da a Damián un respiro mental. Al menos el necesario como para que se despida con una incomodidad cordial de ese Camilo que no es el suyo. Ninguno de los dos quiere o puede agregar mucho. Bajan en el ascensor en silencio. Se despiden y, a Damián, casi se le escapa un Mandale saludos al Negro que tenía pensado de antemano. 

Cuando está saliendo del edificio se cruza en el umbral con el Negro de la foto, el hermano de Camilo, que ahora no tiene un bebé en brazos. No intercambian miradas, pero atrás escucha a Camilo que le grita a su hermano: 

Boluuudoooo, no me vas a creer la que me acaba de pasar…

 

Sin darse vuelta Damián camina el recorrido inverso al que hizo desde la parada hasta la casa de Camilo, mirando los adoquines. Sólo tiene que esperar unos minutos para que llegue el colectivo. Se sube y ve que no está tan lleno como el anterior. Puede elegir entre algunos asientos libres. Mientras está decidiendo en cuál sentarse, lo ve. Junto a la ventanilla, en uno de los asientos solitarios de la derecha, está el Negro, su Negro. Mucho más flaco, con un traje y un maletín sobre las piernas. Damián apura el paso en esa dirección y se ubica dos lugares más adelante, sin que el Negro lo descubra. Le da la espalda, saca los auriculares del bolsillo, los conecta al celular y pone música. Quiere terminar el viaje, irse a casa a ver cómo está Martina y ayudar a Julieta.