Carta a Jorge Consiglio - Por Fernando Garriga

Ezeiza, 19 de abril de 2020

 

Querido Jorge: Jorge Consiglio

Te escribo esta pandémica carta porque los audios de whatsapp me resultan sin sentido en estos tiempos en los que todos se han puesto retro y amasan sus panes. Si hemos de volver a las fuentes, volvamos a las epístolas, ¿no te parece?

Así que, aquí voy.

¿Cómo anda todo por allá, en tu cuarentena? Leí en una nota que te hicieron hace poco que te sentís un tanto disperso a la hora de escribir a pesar del tiempo de más que nos ha sido otorgado. Vos aclarás, ciertamente, que es algo a lo que los escritores deberíamos estar acostumbrados. Me pasa igual. Supongo que es como en la adicción: al incrementar la dosis, se quiere más y uno empieza a sentirse insatisfecho y a caminar como enjaulado y a las tres de la mañana marcamos el número del dealer pero da apagado. La ansiedad es ácida, quema. Siempre enredamos todo. Quiero decir: hablo de mí, por supuesto. El plural era meramente poético.

Mejor salir a caminar por el jardín.

¿Sabés qué me preocupa últimamente?: mi limonero. Te preguntarás qué importancia tendrá un limonero contrastado con miles de personas muertas por el virus. Es como todo: un árbol no es solamente un árbol. Vos lo conocés: un día hicimos asado en casa y dejó, amable como es, que le quitaras un limón para tu soda. Te apaciguó ese acto, lo supe al verte. Bebiste algo que no fue sólo un vaso de soda con limón: fue un acto único. Calculo, lo recordarás.

Bueno, ahora se ve mal; estoy preocupado. Hace semanas, tal vez meses. Y, como siempre, dejé para otro día resolver la situación. Le eché algún fertilizante. Fui como esos padres que, billetera en mano, preguntan a sus hijos: ¿necesitas algo? como un modo de decir, pasemos a otro tema menos acuciante y no hablemos.

Por mi parte, ando un poco resfriado. Eso es malo estos días. Hay retenes con milicos que te piden el permiso para circular y te toman la temperatura. Me aterra que exista la posibilidad de dar algo de fiebre en el control, ahora cuando vuelva de comprar vino y comida para el gato; que unos jovencitos milicos con barbijos puedan querer llevarme a sus Guantánamos. Es invasivo. Uno entiende la cuestión de la salud pública. Nuestra mente es amansada por siglos para que entendamos ciertos excesos como normales. Les pasa a las mujeres que son culturalmente sometidas a prácticas médicas invasivas a la hora de parir. Y a otras horas también. Se normalizan los cuerpos dominados: pacientes.

Parir es una experiencia límite que desconocemos los varones.

Dicen que los cólicos que provocan las piedras en los riñones son comparables con los dolores del parto. No sé de partos pero las piedras duelen como la hostia. No sé cómo fue que llegué a este punto en mi discurso, sólo te estaba contando que me siento invadido a la hora de bajar la ventanilla y que un milico me apunte a la cabeza con un coso que escruta mi temperatura. No se me conjugan milicos y salud. Me da que el milico es una cosa y que la temperatura de mi cuerpo, otra. Mía. Me parece peligroso acostumbrarnos a que manos militares se hagan del control. De cualquier control. Estado de excepción, dicen. Es una guerra, repiten; el enemigo invisible, recontra repiten.

Les debe resultar tentador: cada uno de nosotros en casita y ellos, como un padre abusivo, controlando todo con mensajes a distancia. Se salen de la vaina. Se aprovechan de que uno sea capaz de entender conceptos tales como bien común y salud pública.

De hecho, aquí en Ezeiza, suenan las sirenas a las ocho de la noche para anunciar toque de queda. No puedo acostumbrarme por más melodramáticamente pandémico que sea el asunto.

Te cuento que en estos días he encontrado tiempo para mirar el cielo. A propósito, no te pierdas desde tu hermoso balcón, la posibilidad de ver la lluvia de estrellas fugaces que está por acontecer. Son los restos de un cometa que anda o anduvo por la constelación de Líride por eso es que se conoce a esta lluvia de estrellas fugaces como lluvia de Líridas. Es poético. Sucede a cada tanto. En este caso a partir de hoy y por unas cuántas noches. Ojalá podamos verlas. Tal vez vos, que sos etéreo, recibas algún mensaje. Es perfectamente increíble que en tanta vastedad estemos solos, que los fantasmas no existan, que los muertitos no nos hablen y que no haya ni un solito extraterrestre vagando por el cielo. No me creo una puta mierda lo de nada más que vacío existencial por todas partes, qué querés que te diga.

Perdón, me distraje. Como siempre.

Volvamos al limonero.

Una vez estaba yo retorcido del dolor que provocan esas piedras renales que te digo. Temblaba y pálido y pensaba que podía tratarse de algo peor. Tenía espasmos y sudores fríos; me daba que en cualquier momento la palmaba. Había pasado la noche en vela sin que el Diclofenac hiciera nada por mi dolor. Entonces salí al jardín, era la madrugada, estaba desesperado. Pregunté a las plantas cuál de ellas tenía el remedio para mi sufrir. Y el limonero dijo: “yo”. Punto. No son de hablar de más, las plantas. Solamente “yo”, escuché clarito. Ahí nomás me di un saque de jugo amargo en un vasito tequilero que una amiga trajo de Méjico. Santo remedio: nunca más volvió el dolor y ya pasaron tres extensos años. Nuestra mente es una porquería, enseguida pretende generalizar y busca dar soluciones industriales a todas las cuestiones: No. No es que el jugo de limón en ayunas le disuelve las piedras del riñón a cualquiera. Era ese limonero, era esa madrugada era ese yo, era ese punto límite. Soy vivo testimonio de un milagro, como esos que pululan por los templos evangélicos. Paré de sufrir: meé sangre, aliviado.

Y ahora el arbolito anda pidiendo que lo cure a él. Tengo que pagar lo que le debo ¿no te parece? Y tengo miedo de fallar, amigo. Es todo o nada. Es todo o nada como siempre, porque andá a saber qué resorte universal se tensa, qué consecuencias pueden llegar a acontecer. Lo demás es eso que llamamos “la vida de todos los días”; el decurso en el que ocurre la concreción automática de hechos que no recordaremos.

Visto de afuera: un simple jardinero poda y fumiga un arbolito. Pero vos y yo sabemos que todo es aparente y que los jardineros simples no existen porque a partir de sus actos, aparentemente simples, pueden torcerse destinos propios y ajenos. Puede complicarse, carajo. Veremos qué resulta, amigo.

Eso si no me agarran los del control, ahora cuando vaya al almacén a comprarme un vino.

Y a vos: ¿cómo te está yendo con la cuarentena? Ojalá, estés bien de ánimo y salud, igual que tus hijas a quienes les envío mi cariño.

Espero noticias a vuelta de correo.