Experimento marciano (Cuento) - Gabriela Colombo

 

 

 

Dos mujeres sentadas en butacas altas observan atentamente una esfera suspendida en el aire. Visten delantales blancos y usan anteojos ovoides, sin patillas. Unos espirales giran a diferentes ritmos alrededor de sus orejas.

—¿Cómo va el sondeo? —pregunta la más joven, de cabello corto, que se llama Corvi. 

—Dentro de los parámetros normales —responde la otra, de rasgos orientales, que debe rondar los 50 años— ¿Qué pasó con tu experiencia?

—Introduje una variable para testear las reacciones en masa. Hubo un exceso de gas metano en el paralelo 42. Los organismos no lo soportaron.

—Con el tiempo vas a aprender a dosificar mejor cada variable —dice la oriental sin sacar la vista de la esfera—. No te olvides de enviarme el informe detallado. —Hace una pausa para mirar a Corvi y agrega— Jackson quería acelerar el proceso de ésta, pero logré negociarle más tiempo.

—¿Por qué acelerarlo?

—Problemas de presupuesto. En una hora nos reuniremos con el equipo, vamos a tratar de conseguir más fondos. Te voy a dejar a cargo para que la supervises mientras estoy ausente.

—Contá conmigo. ¿Qué relación de tiempo determinaste?

—Un segundo equivale a dos meses.

—¿Puedo ver de cerca los organismos?

—Ahora no. Son complejos e inestables. No los quiero estresar. Te dejo con los registros y la vista panorámica. —le dice, haciendo aparecer una pantalla frente a ellas. La oriental despliega una tabla con índices.

—Terremotos. Inundaciones. Sequías. Contaminación. —Corvi toma aire y continúa leyendo pausadamente en voz alta— Guerras. Hambre. Agua. Tecnología. Meteoros. Arte.

—De tanto en tanto les introducimos eventos que ellos llaman inexplicables —la interrumpe la otra—. Tunguska fue idea de Jackson. El conflicto se generó con el punto de impacto. Él pretendía que fuera en el medio de esta civilización —dice señalando un área en la esfera—pero yo lo desvié a esta otra.

Corvi abre el registro Tunguska y la pantalla se subdivide en imágenes tomadas de diferentes ángulos. Un bosque nevado, un río, una bola de fuego en el cielo, explosiones. Miles de árboles quemados, arrancados de raíz y tumbados en la misma dirección. 30/6/1908, puede leerse al costado del registro. 

—Algunos se pasan la vida estudiando este tipo de eventos —dice la oriental—. Adoran los misterios. 

—Quieren entender… —murmura Corvi y enseguida pregunta— ¿Están aislados o nos podemos comunicar?

—Captan ondas electromagnéticas por debajo del índice ocho. No llegan a decodificarlas en pensamientos específicos. ¡Se me hace tarde! —dice la oriental haciendo un movimiento con la mano que baja la luminosidad del ambiente. Por favor, no toques nada. Cualquier alteración, contactame.

Le entrega algo semejante a un lápiz y desaparece. En su lugar quedan flotando los anteojos ovoides.

Corvi, mira para todos lados, se sonríe y con el lápiz señala la esfera. Una mancha azul ilumina la pantalla. Los espirales de sus orejas comienzan a girar a toda velocidad en forma desincronizada. Ella apunta un poco hacia la izquierda y la mancha azul cambia a tonalidades grises y verdes. Presionando lo que sería un botón del lápiz, hace zoom y surge una ciudad de casas bajas, parques y playas.

Corvi aprieta aún más el botón y aparece la imagen de una casa. Adentro ve a una mujer durmiendo en una cama, que se gira para un lado y para el otro debajo de una sábana blanca. Corvi verifica el ritmo cardíaco y le escanea el cerebro. La mujer de la pantalla se despierta agitada, se levanta y va hasta la cocina. Su cerebro muestra el registro de una actividad reciente. Ha soñado con dos mujeres de delantal blanco y anteojos raros que observaban una esfera, semejante al globo terráqueo que hace poco le regaló a sus hijos. La esfera flotaba en el aire frente a ellas. Mientras se sirve un vaso con agua se esfuerza por recordar más detalles del sueño.

Corvi contempla, emocionada, a la mujer que tiene en frente. Se lleva el lápiz a la boca y con voz suave dice: Tunguska. 

Tunguska, repite en voz alta la mujer de la cocina, pero sabe que en un rato olvidará la palabra. Se le ocurre que podría escribir un cuento sobre dos científicas y un experimento caro. La idea la entusiasma, pero le genera una opresión en el pecho. Quizá se deba a que no puede recordar más detalles del sueño, o a no saber cómo encarar la narración. Mira su reloj pulsera, bebe el agua. Son las cuatro de la mañana. En dos horas sonará el despertador para llevar a sus hijos al colegio. Vuelve a la cama, apaga la luz y piensa en el sueño. Antes de quedarse dormida decide que el cuento, que comenzará a escribir ese mismo día, no tendrá un final feliz. No comprende por qué, pero sabe que no es posible que lo tenga.

Corvi apunta con el lápiz a la mujer de la cama y la pantalla vuelve a la vista panorámica inicial. La oriental aparece súbitamente al lado de la esfera.