Las madres secretas de Mónica Crespo - Editorial Base - Barcelona 2017 - Reseña: Flor Zambaglione - Gamunia y El instinto [cuentos]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las madres secretas

 Mónica Crespo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Finalista del XV Premio Setenil 2018 al Mejor Libro de Relatos Publicado en España y Finalista del 40º Premio Tigre Juan 2018

Por Florencia Zambaglione

La escena se produce en un auto. Una mujer conduce, sus hijos están en el asiento de atrás, ella además mira por el espejo, vigila a los niños, mira la carretera, a los lados y trata de pensar en lo que acaba de preguntarle uno de sus pequeños: “Mamá, ¿por qué la realidad es tan grande? No sé hijo, contesté estupefacta... La verdad, no lo sé”.

Los quince cuentos de Mónica Crespo que forman Las madres secretas, libro publicado en 2017 por la Editorial Base, lejos de idealizar la figura materna o de mostrarla sin grietas ni contradicciones, ponen en escena esa “realidad tan grande” que abarca el concepto de “madre”, de “maternidad” en el siglo XXI y la necesidad de repensarlo, cuestionarlo, desacralizarlo, de huir de las certezas heredadas. 

Crespo desestabiliza el arquetipo sagrado –ligado íntimamente al de la virgen María, devota, dispuesta, santa- y recrea distintas circunstancias en las que una mujer (en algún caso un hombre) se convierte en madre, y cómo lidia con esa realidad muchas veces desde la estupefacción.

Una madre secreta puede decir “no sé”, mostrarse harta o dejar a sus hijos con su padre e irse a vivir a un hotel mientras logra volver a escribir, o tocar el piano en un concierto según se lo pida su instinto profesional.

El canibalismo, la muerte no asumida de un hijo, el dolor de la ausencia, la (im)posibilidad de compatibilizar la maternidad y el trabajo, la maternidad subrogada o sustituta son algunos de los tópicos que atraviesan el libro, y que proponen al lector sumergirse en un mundo que aparentemente conoce y del que sale transformado y con más preguntas que respuestas.

La idea de lo secreto que expone el título del libro no oculta o deja en el ámbito de lo privado la cotidianeidad de estas madres, sino que por el contrario, se exhiben sus vidas, salen a la luz sus monstruosidades, quedan a la vista del lector tal cual mujeres al límite y, como a las de los cuadros de Botero, las vemos en todas sus dimensiones: desmedidas, hiperbólicas, poniendo bajo la lupa la mirada tradicional. 

“Vivir tranquila, sin justificarte ante nadie, no tienes por qué hacerlo”, predica uno de los personajes, y esta máxima parece hacerse extensiva al resto. Con más o menos nivel de culpabilidad, los personajes femeninos desnudan sus miedos para deshacerse de ellos y desmitificar así una figura que lleva siglos siendo idealizada, tanto por hombres como por mujeres. La derrota de la ilusión está en el centro de estos quince cuentos y el precio que se paga es la caída al cuerpo, lugar donde el instinto libra su batalla. 

La mujer deviene animal, deviene planta, deviene inhumana, como si la experiencia de la especie fuera más allá. Se deshumaniza en una sociedad cada vez más inhumana, se desvincula de las tareas de cuidado para mirarse desde lo más genuino, para volver al instinto. 

“La influencia esencial sigue siendo la realidad”, afirma Juan Gelman en el epígrafe del libro, y marca el rumbo de la lectura a lo largo de estas historias que dan cuenta de la complejidad que plantea actualmente esta experiencia de la maternidad.

Para encontrar las palabras para hablar de ella, muchas veces la autora recurre con maestría a la analogía: la madre ave, la madre enredadera, la madre envase son algunas de las que nos interpelan y amplían nuestra visión de la realidad, reinterpretan el rol sin caer en cumplir con lo que nuestra cultura occidental espera de ellas.

Las madres secretas no son madres perfectas ni expertas, no parecen intentarlo tampoco. Y eso es un acierto. 

 

 

Gamunia

 

Puede ser que fuera un miedo cerval a la soledad lo que prendió en ella, un instinto equivocado, tan fuerte; lo suficientemente fuerte, para que el hambre fuera amor y el amor deviniera en la muerte de ambos. Puede ser que él no corriera, que se parara aterrorizado frenando la huida, y puede que tal vez, algo en la leona se modificara y frenara su impulso asesino. Y entonces, los dos, leona y ciervo, se quedaran paralizados, sin saber qué hacer, ambos esperando: ella cerca de él, con una paciencia seca e incómoda; él, sin entender cómo aún no había muerto. 

El ciervo, una cría incapaz de valerse por sí misma, permanecía quieto, acurrucado y tembloroso; la leona a su lado. De vez en cuando lo lamía con esa lengua áspera y gruesa diseñada para la sangre. Le lamía los cuartos traseros y el lomo como un bocado que se saborea con deleite, sin decidirse aún a devorarlo.

Al día siguiente, los dos se despertaron enlazados. El pequeño ciervo se elevó tembloroso sobre sus finas patas y caminó unos pasos, ella lo siguió con la mirada. 

Los observábamos perplejos, con horas de sueño acumuladas, esperando en cualquier momento el desenlace, entre la angustia y la duda, sin tener muy claro a quién de los dos deseábamos salvar: si al ciervo que había sobrevivido al ataque de Gamunia o a ella, que tras perder a sus crías, que tras haberse quedado exhausta por amamantarlas, que tras haber permanecido sin comer durante semanas; ahora, cobraba una presa y, aun así, no la devoraba. 

Pasaron los días y la debilidad de él fue en aumento ante la imposibilidad de amamantarse; cada vez se movía menos, en ocasiones, el instinto o el hambre lo sacudía y parecía intentar mordisquear alguna brizna de hierba. Gamunia, tumbada, confundida en el color de la sabana, lo miraba desde sus párpados entrecerrados por el fuego de la tarde. Él se levantaba torpemente y de nuevo se tendía tembloroso sobre sus patitas de aguja y pelo. Gamunia nos preocupaba. Habían pasado cinco días y tratábamos de comprender qué operaba en ella; no sabíamos si era un juego con su presa, pues si el ciervo se movía e intentaba huir, lo perseguía, lo capturaba sin esfuerzo, lo agarraba entre sus fauces y sujetándolo, lo mordisqueaba peligrosamente, para después lamerlo y lamerlo y lamerlo, y quedarse de nuevo tranquila, con él aún encogido entre sus patas delanteras. 

Con el paso de los días, el ciervo aprendió a no huir, a que era en vano intentarlo y a que quizá, sólo tenía que esperar junto a ella, quedarse allí quieto.

Al séptimo día, Gamunia seguía sin separarse de él; inmóvil, sin cazar, sin beber. A veces, veíamos desde la distancia cómo lo lamía, con qué intensidad lo lamía, en ese límite frágil entre el amor, la obsesión y el hambre que esperábamos que de un momento a otro la fuera a traspasar. Y sin embargo, todo cedía y la hierba dejaba de parecer fuego encendido a su alrededor, y su lengua de ser llama carnívora. Simplemente, se detenía y miraba para otro lado o bostezaba ojeando la estrecha línea de un horizonte amarillo. ¿Cuánto más habría que esperar?

Un atardecer acudimos al lugar donde permanecían acostados desde hacía días, pero no estaban. Entre unos arbustos la tierra conservaba las huellas de sus cuerpos. Creímos que todo había acabado pero nada se leía en la tierra o en la hierba. Caminamos en silencio, y al atardecer, no demasiado lejos, los encontramos refugiados bajo la sombra de un gran árbol warka, acostados, dormitando. La piel pegada a las costillas de Gamunia; el hocico afilado y huesudo del cervatillo, que ya no lograba sostenerse. En ese momento llegaron las hienas y trataron de robarle a su presa. Gamunia la defendió torpemente, pero hirió a dos o tres hienas que se alejaron con gritos estridentes y cuartos desgarrados. Ella volvió junto al ciervo, y se tumbó a su lado.

En la novena madrugada, todo cambió. Gamunia se despertó, e inquieta, comenzó a moverse alrededor del ciervo que permanecía con la cabeza escondida entre la hierba. Comenzó a rodearlo con un giro de patas gruesas y poderosas que lo mostraban y ocultaban a nuestros ojos. Él levantó la cabeza de la hierba, mirando desde abajo a  Gamunia, tensa, elástica, leona al fin. Lo agarró por el cuello y el ciervo pareció desfallecer entre sus fauces. Ella comenzó a trotar con él en la boca, después a correr.

Sin comprender, la seguimos. Cuando llegamos a un claro, a un sendero de tierra abierto quizá por hombres, vimos cómo lo dejaba en uno de los bordes donde la maleza crecía alta y verde. No comprendíamos por qué no lo había devorado. Gamunia emprendió ese ligero trote de los leones cuando se disponen a cazar con la decisión de los de su especie, y entendimos que él ya no era su presa.

Se había alejado unos tres metros de donde  lo había dejado, cuando un león apareció avanzando por el sendero de tierra. Ella se giró e impávida vio cómo el ciervo se levantaba y salía del escondite. El león, de un salto, mordió el delgado cuello y se lo llevó entre las fauces. Gamunia, inmóvil, adelantó insegura una pata delantera, débil e incapaz. Y se quedó en medio del camino, mirando largo rato cómo se alejaba. 

 

Tres hombres amhara pasaron con un trote ligero y constante. Los abalorios y cuentas de su ropa siseaban a su paso, vieron a la leona pero pasaron de largo. Avanzaron por el sendero de tierra persiguiendo a su presa.

 

 

El instinto

 

Al principio no me di cuenta de lo que ocurría ni de lo que llegaría a ocurrir. Yo le daba el pecho a mi bebé. Preciosa, recién nacida, tan blancas y sonrosadas eran sus manitas apoyadas en mi seno. Fue creciendo y cada vez se hizo más fuerte. Había días que me dolía cuando la amantaba y la sentía aferrada a mí como si tuviera dientes. Yo apretaba los puños y seguía dándole de mamar porque creía que era lo mejor para ella. Había ocasiones en las que lloraba de dolor. Mientras ella dormía saciada yo temía, como un animal aterrado, volver a escuchar su llanto reclamando  más alimento. 

En ocasiones, llegaba a hurgar en su boca buscando alguna encía abierta por la que apuntara algún extremo blanquecino y afilado que lo explicara, hasta que ella lloraba, y yo me veía a mí misma y veía a mi niña estirada sobre mis rodillas, con mis dedos urgentes en su boca, retorciendo sus labios, volviéndolos hacia arriba. Oía su llanto desgarrador, me abrazaba a ella apretándola contra mi pecho, atravesada por la culpa de ser una mala madre; una madre tal vez loca, de ser una desequilibrada que maltrata a su criatura. Y mi llanto se unía al suyo y ambas llorábamos la misma pena entrelazada al unísono, hasta que nos calmábamos y sentía en su respiración la confianza reparada. Entonces me decía a mí misma que nunca más, que eran cosas mías, que era demencial. Que era el cansancio, el revuelo de hormonas tras el parto, la falta de experiencia.Que era cuestión de tiempo, que llegaría a ser como ellas, como las buenas madres del parque que paseaban sus bebés rollizos. Que algún día sería una de ellas e interrogaría a la recién llegada con un bebé escuálido sobre si comía bien, si dormía bien, si aún tomaba pecho, si había comenzado con las papillas de cereales, porque cuántos meses tiene, está un poco pequeña para su edad, ¿no? Algún día sería una de ellas y estaría al otro lado, del lado de las buenas madres en formación, cochecito junto a cochecito, cerrando filas frente a la nueva aún insegura. Y sobre ella caería toda la culpa y la vergüenza que atesoraba cada tarde frente al escuadrón de carros con bebes prietos y rosados. Mientras tanto, yo, como cada tarde, esperaba pasar la prueba y, una vez más, con una breve despedida y un regusto amargo iniciaba el camino de regreso a casa, mientras el verde del parque cuajado de pequeños puntos carnosos se volvía lejano.

 

Me levanté y me acerqué a la cuna. Aceché su respiración observando cualquier señal de alerta, de gesto o movimiento en su cara de bebé aún sin rostro. Dormía plácida, y en su boquita sonrosada se entreveían sus encías desnudas e inocentes. Un llanto sordo humedeció mis mejillas. La tomé entre mis brazos, me sumergí en su olor y me sentí complacida por primera vez, después de meses, por el deber cumplido, por ver crecer a mi niña sana y hermosa, a pesar de todo. A pesar del dolor y del miedo, yo era su madre. 

Hasta el día en que me mordió. Apretaba y succionaba, succionaba y retorcía mi pezón hinchado y dolorido entre sus encías y era tal su voracidad que no podía satisfacerla. Sostenía con el brazo izquierdo a mi niña sobre el pecho y mordía con desesperación los nudillos de mi mano derecha. Ya no me quedaba más leche y ella estaba rabiosa. Por un momento su boca liberó mi pezón amoratado para súbitamente, abalanzarse sobre él y morderlo con tanta fiereza que me hizo sangrar. Grité y la aparté de mí, casi se me cayó de los brazos. Sujeté mi pecho con la mano en la que antes hincaba mis propios dientes. Doblada sobre mí misma, doblada sobre ella, lloré hasta que la imagen de mi hija tras las lágrimas se volvió monstruosa e insondable; y lo vi, agazapado, palpitando en ella. 

Por un instante, mi llanto, mi dolor, el tiempo, se detuvo. Hasta que ella comenzó a llorar con desgarro y sequé mis lágrimas y pude ver la imagen limpia de mi hija, ese llanto conocido que me conmovía y me disparaba hacia ella con todos mis instintos alerta. Y ellos se ocuparon de todo y me convirtieron de nuevo en madre que ama y protege a su cachorro por encima de todo. Y aunque todavía era muy pequeña, decidí que ya era el momento, y la desesperación, que es un resorte que te salva o te empuja al vacío, en este caso, me quiso salvar; quiso salvarnos a ambas. 

Me dirigí a la cocina y preparé un puré con las frutas que me parecieron más maduras y varias galletas, tal y como había oído muchas veces detallar al escuadrón de las buenas madres del parque en sus conversaciones sobre si era mejor la manzana roja o verde o si era mejor no echarle manzana porque seca o porque lo que sea. Si a ellas les funcionaba, también valdría para mi niña. La tomé en mi regazo, y tras muchos pucheritos y movimientos de un lado a otro evitando la cuchara, lo fue tomando; primero con rechazo y luego con fruición.

Acudí a la pediatra y le expliqué que no tenía leche suficiente y que llevaba varios días dándole frutas. A ella pareció no extrañarle y me animó a hacerlo siempre que completara con cereales y leche de continuación, cuyo nombre me apuntó en un papel con el membrete de la consulta y una letra ininteligible. A la salida estrujé el papel en una bolita y lo tiré. Mi hija era diferente y solo yo me ocuparía de ella. No le hablé de mi seno vendado, ni de cómo mi hija se había aferrado ávida a mi pecho sangrante. Quién me iba a creer. Pensaría que estaba loca. Yo, verdaderamente, temía enloquecer.

 

 Mi marido que viajaba cada dos o tres semanas a Brasil, y permanecía allí otras dos semanas, me trataba como una madre obsesiva y nerviosa. Veía en su mirada la reprobación y el brillo acerado de la duda. A menudo me preguntaba si necesitaba ayuda y me sugería que tal vez fuera buena idea que su madre viniera de Toledo para ayudarme con la niña, que total a Madrid no le costaba nada acercarse y que me veía muy cansada. Yo me negaba con frases que tejían cortinas de humo sobre mi angustia y mi terror. Sonreía ensayando un efecto tranquilizante de seguridad afianzada, de madre experta, en cada una de nuestras despedidas. Pero de nuevo, las mismas palabras, ¿estarás bien?, ¿segura?, y yo estiraba aún más las comisuras de los labios hacia arriba. No podía permitir que Doña Pilar viniera, aunque total a Madrid no le costara nada acercarse desde Toledo. Y mi madre, tan lejos, cómo contarle.

Lo peor llegó cuando le empezaron a salir los dientes. Estaba rabiosa, como todos los niños, con fiebre, las encías inflamadas y el culito irritado. Nada nuevo bajo el sol, dijo la pediatra ante mi mirada de concentrada expectación. Había algo que nadie percibía, ni siquiera su padre. Esperaba que entre viaje y viaje, él se diera cuenta y así podríamos compartir la carga. Dicen que a los niños, cuando se les ve todos los días, no se aprecian sus cambios. Esperaba, con la respiración contenida, que él lo dijera, la mirara y viera lo que yo veía; que al cogerla y abrazarla, lo sintiera. Sintiera lo que yo sentía. Esa oscuridad rugiendo quedamente en ella. Pero no. Para él todo estaba bien, yo siempre exageraba, especialmente desde que había nacido la niña. Me había convertido en una mujer excéntrica y obsesiva. Pero cómo explicarle a él lo que sólo sabe una madre. La niña estaba rabiosa y punto. Eso era todo. Y por eso mordía, eso era todo. Pero yo la sentía. Me seguía con la mirada como un lobo a su presa.

 

Durante los meses siguientes intenté alejarme de ella. La mantenía en su cuna o en el parque de juegos, que trasladaba a donde estuviera, con todos sus juguetes  y sus muchos mordedores. Me sentaba en el suelo frente a ella y la observaba tras la red del parque. Ella me miraba con la fijeza penetrante con la que sólo saben mirar algunos animales. Las dos lo sabíamos. Y ella me decía sin palabras que me pertenecía, que era carne de mi carne, y carne era lo que quería. Entonces no soportaba más su mirada, me ahogaba en un sollozo y me iba a otra habitación para que no me viera. Pero aún sentía su presencia pegada a la piel, y también su demanda. 

La niña fue  creciendo sana, y fuerte, era alegre e inquieta y creí que todo se había silenciado o había desaparecido o nunca había existido. Había días en los que pensaba que tan sólo habían sido delirios de madre primeriza, angustiada por el cansancio, las ausencias del marido, los llantos nocturnos, las noches en vela y el cansancio acumulado que, en ocasiones, nubla la razón y distorsiona el entendimiento, como me había transmitido mi marido de parte de Doña Pilar. Sí, mi hija era preciosa, vivaz y despierta. Nada malo podía haber en ella. 

 

Un sábado a mediodía, entré a la cocina y la encontré sentada en el suelo de espaldas a la puerta. El trasluz del ventanal difuminaba su figura. Había un silencio extraño y un deglutir viscoso que sólo comprendí cuando seguí el rastro de sangre que el hígado de vaca había dejado desde la encimera blanca hasta la barbilla, manos y boca ensangrentadas de mi hija. Ella me miró con ojos brillantes y satisfacción oscura. Di un paso atrás, antes de que el asco y las arcadas me mantuvieran encorvada y me pudiera acercar para retirar los restos de hígado y sangre de las manos y ropa de mi hija. No dije nada. La tomé en brazos y la llevé al cuarto de baño. La desnudé lentamente, tratando de comprender, y la sumergí en el agua templada y jabonosa. A mi niña le brillaban los ojos. Esa luz terrible que yo conocía y que creí que no volvería a encontrar de nuevo en ella. Sus mofletes estaban arrebolados de placer. Limpié con mano temblorosa la sangre seca de su cara hasta que apareció la piel blanca, limpia, inocente. Mientras la veía chapotear y jugar en el agua con su pez de goma, apoyé la cabeza en el borde de la bañera y pensé en el futuro, en qué ocurriría a partir de ese momento, en qué sería de ella, qué sería de mí, de nosotras, ahora que había sucedido.

Con el paso del tiempo lo entendí. Recordé el embarazo, aquellos terribles meses en los que la debilidad me iba devorando y en los que, bajo la mirada atónita del médico que seguía la gestación, perdía peso en vez de ganarlo. Me indicaba mucho reposo e infinidad de vitaminas y complementos nutricionales, además de una serie de dolorosas inyecciones que aún no sé qué tipo de beneficio se suponía que me iban a aportar. Pero mi estado de debilidad era el mismo y mi vientre, apenas abultado, parecía más bien hundirse. Sin embargo, ella estaba bien. Nació una niña preciosa, con un peso adecuado, sin ningún defecto o deficiencia. Todo normal. Y cuando la sacaron de mi interior y oí su llanto, supe que era ella, que era mi niña.

 

Cuando la llevo al colegio temo por los demás niños de su clase. Siempre la llevo bien alimentada, aunque aun así, una ansiedad sorda me golpea. Cada mañana, va de mi mano sin dejar de parlotear y dando saltitos entrecortados, mirándome con esos enormes ojos negros de pestañas largas y densas. Siempre la escucho con atención y contesto a todas y cada una de sus  preguntas. Es tan curiosa que a menudo me arranca una carcajada que no puedo contener. A pesar de mi estado permanente de alerta. Ella tiene otra manera de asomarse al mundo. 

Esta mañana, cuando llegamos a la puerta del colegio, la abracé y ella se enrolló a mi cuello con sus bracitos blandos y prietos. Me rozó la cara con su mejilla y cuando despegó sus labios y dijo adiós, su aliento, ese olor nauseabundo y ferroso, me estremeció de repulsión y la aparté con brusquedad. Vi cómo una de las madres, de las buenas madres, esbozaba con las cejas un gesto de desaprobación que arrugó su frente. Me sobrepuse y entregué un caramelo de menta a mi hija. Esperé a que las puertas se cerraran tras ella para emprender el camino de vuelta a casa. 

No sé cuánto tiempo vamos a aguantar así. Ni cuánto tiempo podré soportarlo. Cómo contener esa naturaleza en un ser tan pequeño. No le quito el ojo de encima cuando juega con sus amiguitas de colegio. Al menor gesto sospechoso me lanzo sobre ella, y claro, muchas madres piensan que estoy completamente loca; ya me he acostumbrado a sus miradas y cuchicheos. Ellas no tienen ni idea. A veces, la pillo chuperreteando con fruición los dedos de una amiguita, se echa sobre ella sujetándole la mano con esa fuerza que sólo yo conozco, impidiéndole escapar mientras llora desconsolada buscando a su madre. Y veo cómo la llama nace y crece en los ojos de mi hija y oigo el sonido de un gorgoteo incesante que si no corro a detener será imparable. Como ahora corro hacia los columpios y libero a la niña, y le digo que sólo es un juego, que ella sólo quería jugar. Pero la niña huye despavorida con pucheros y un hipo incontrolado que se quiebra entre el miedo y la congoja.  Me llevo a mi hija aparte para reñirle, para explicarle, una vez más, que no puede hacerlo; la amenazo, le suplico que no lo vuelva a hacer. Abro el bolso y saco una pequeña caja de plástico azul, tomo entre mis dedos asqueados una pieza y se la doy. Ella la deglute ansiosa y voraz, y yo miro para otra parte, vigilando que nadie nos vea: una madre en el parque reprendiendo a su hija. Sólo que cuando ella se acerca para abrazarla y darle un beso, la madre gira la cabeza para evitar el olor de su boca menuda de labios brillantes.

−Mamá.

−¿Qué tesoro?

−¿Tú a mí me quieres?

Sé que no debo amenazarla y reñirle tan duramente, y que la niña que acabo de rescatar está perfecta, tan sólo un poco asustada o tal vez, confusa. Pero no esperaba la pregunta. 

−Pues claro, cariño, ¿por qué dices eso?

Un temblor en la voz me delata. Mi hija me mira fijamente con esos enormes ojos negros para los que no hay secretos. 

−Ya sabes que no me gusta que hagas eso.

−¿El qué? 

Me lo pregunta adoptando un aire inocente que no sé si identificar como fingido.

−Lo sabes.

 

Continuamos caminando en silencio. Mis mandíbulas se aprietan con fuerza, la una contra la otra. Conozco perfectamente los juegos de mi hija y me enfurecen. Sin embargo no puedo decirle nada. Yo sé que su naturaleza la pone a salvo, al otro lado de sí misma donde la ocupa toda, agazapada, y la llena por completo haciendo desaparecer los ojos dulces que se vuelven metálicos, llenos de llamas negras.

−Es tarde, nos vamos a casa.

Pero en el mismo y preciso instante en que la última sílaba sale por mi boca, un estremecimiento de angustia me sacude y me encojo como quien espera un golpe. Y espero la pregunta que no tarda en llegar: 

−Mami, ¿qué hay hoy para cenar?

 

 

Oigo sus pasos afelpados acercándose a mi cama. Se asoma al borde de las sábanas. Siento su respiración sobre mi boca y esa intensidad conocida. Abro los ojos y me encuentro con los suyos. Me toma de la mano, juntas atravesamos el vano oscuro de la puerta del dormitorio y, como cada noche, salimos a cazar. Ella es quien elige. Yo la guío y trato de contenerla para que pase desapercibida. Cuando sucede miro para otro lado. Ella es otra. Yo soy otra. Todo lo que sucede en unos minutos le sucede a otra, en otro lugar. 

Escucho el gorgotear en su garganta y los gritos ahogados, ajenos. Hago que no oigo nada y, cuando regresamos juntas a casa, ella vuelve a mirarme con sus ojos oscuros, aquietados. Ella, tranquila, yo aterrada. 

Ahora ya no temo que se vuelva contra mí como cuando era una cría ansiosa, ahora temo por mí. Temo por que algún día no pueda soportarlo más. Porque este amor es una pesada carga, un mandato que condena, un dolor sangrante y áspero. Temo por si algún día, la otra mira mientras bajo mi niña unas piernas se sacuden, por si la otra la golpea con una piedra que encuentra justo al lado del cuerpo convulso y aplasta el cráneo de su propia hija, por si la otra mira los dos cuerpos tendidos y siente el peso de la piedra abandonando su mano.